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En el terreno de la ética –o de la falta de ella- uno de los capítulos más vomitivos es el de la doble moral. Así, exigís ejemplaridad a los políticos y, al mecánico, que os cobre en negro. A un inmigrante –nunca os pondréis en su piel- os apetece expulsarlo, pero aplaudís su mano de obra barata. Y utilizaréis la vergonzosa expresión «¡moro de mierda!» cuando éste sea pobre, pero, sin embargo, la mudaréis por el vocablo «árabe» cuando su riqueza anide en cualquier emirato. Seréis políticamente correctos, pero, en la intimidad, divulgaréis por WhatsApp todo tipo de guarradas machistas. E igual en el otro género, que amplia es la tipología de la violencia sexual. Os mostraréis muy «progres» en público, pero, en privado, muchas de vuestras actitudes serán más propias de un «facha» que de un izquierdista. Porque fascismos (dejando a un lado su origen histórico y entendiendo por tales, repulsivos, sectarios y violentos comportamientos) los hay en los dos extremos ideológicos –lo sientes-. Honraréis, patrióticos, vuestra bandera, pero os sonarán a gloria los nombres de Andorra o Panamá. Insultaréis a la suegra y, no obstante, la aceptaréis gustosamente cuando no tengáis con quien «dejar» a los niños… ¡Cuántos «pero»! Y, de esta manera, como en «Toy Story», «hasta el infinito y más allá». España sigue teniendo mucho de la hipocresía descrita en «Plácido», la extraordinaria película de Berlanga de 1961…

Y así, la calle, que hace décadas era de Fraga, hoy ha cambiado de propietario y pertenece a la izquierda más sectaria. ¿Qué hubiera ocurrido si un vicepresidente de derechas hubiera «enchufado» a su esposa en un «Consejo de Ministros»? ¿Cuántas manifestaciones se habrían organizado si un aspirante a Presidente, de derechas, hubiera prometido voto de pobreza y después se hubiera comprado un «casoplón», custodiado por las, antaño, tan vituperadas fuerzas de seguridad? ¿Cuántas plazas y vías no habrían sido literalmente tomadas si alguien no izquierdista hubiera enviado a Ucrania barquitos de guerra como consecuencia de vuestra entrada en la OTAN, obra inequívoca de Felipe González?

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Todo depende de quien firma y la izquierda (no la buena, sino la mediocre y mezquina, fiel creyente de que la superioridad moral es suya cuando es de cualquier bien nacido independientemente de su color ideológico) lo sabe, al ser extremadamente hábil en las movilizaciones, en la exaltación de la ira, en la manipulación de masas y en el rabioso uso de las nuevas tecnologías. La socialdemocracia y la derecha al uso, en este sentido, son unas verdaderas aleladas… Existen ejemplos paradigmáticos al respecto. Ante una misma o parecida situación, y dependiendo de quién ostentara el poder, la respuesta, en algunos casos, ha sido la de las caceroladas, camisetas, huelgas y algaradas y, en otros, un elocuente silencio en el que nadie supo, nadie dijo saber, nadie movió un dedo…

Una doble moral jamás es doble porque, simplemente, no es moral. Y la izquierda que anhelas es la que se consolide sobre un firme y solidario plan de gobierno; una izquierda que no vocifere ni intente arrasar al «enemigo» en la vía pública, cuando no pueda hacerlo en las urnas; la que con el odio, estúpidamente, no quiera ganar una guerra que, aunque no se lo crea, no perdió, porque, por civil,    la perdisteis todos. ¡Estás harto de repetirlo! Lo que urge es una izquierda y una derecha modernas, que utilicen el pacto y no el megáfono; la verdad y no la manipulación torticera; el argumento y no la barricada; la capacidad de establecer acuerdos, más que la calle asaltada; la buena conciencia, más que el «te vas a enterar»; las que entiendan que el pueblo no es un ente abstracto al que malmeter, sino un conjunto de seres humanos a los que servir y amar…

Porque te importa un bledo el color político de quien, en la cercanía del cuerpo a cuerpo o desde la lejanía de un misil, por omisión o acto, mata a un inocente al que alguien metió en un fregado, en Irak o en Ucrania… Porque, sí, en esas tesituras, únicamente te afecta    su irreparable dolor…