Estabais bromeando en el bar del café eternamente repetido,  «ideando» un partido político. No se preocupen, era pura chanza… Se trataba de «Ciudadanos Anónimos Concienzudos Asustados». Y, de repente, os disteis cuenta de que la cosa había empezado mal, por lo de las siglas… C.A.C.A… Juanito, un cachondo, dijo, al respecto, que eso, al fin y al cabo, no estaba tan mal y que podríamos utilizar para vuestra campaña electoral papel higiénico y que, a lo mejor, hasta Scotex os lo financiaba… «Pues vale» -apuntó Segis, economista-. Mari dijo que teníamos, ya, lo imprescindible y sacó del almacén una caja de cartón, vuestra caja «B»… La financiación estaba, más o menos, asegurada. Como no entendíamos de energía, ni de fuentes hídricas, ni de puertas giratorias, optamos por una colecta entre los parroquianos. Paquito fue el encargado, revelándose como un futuro y buen Ministro de Economía. Dejándose llevar por la emoción del momento exclamó: «Señores y señoras diputados y diputadas: hemos recolectado un euro con sesenta céntimos». Aplausos.

C.A.C.A avanzaba… Ernesto, sesudo, espetó que faltaba el reparto de ministerios… Fue cosa fácil… Muy fácil… La Presidencia del futuro gobierno era, sin embargo, lo que os faltaba. Alguien apostó por Ramón, el panadero, un buen hombre, sensato y que medía metro cincuenta. No obstante, la proposición fue desestimada. Alguien objetó que Ramón, «Ramoncín», no daba la talla…

Erais felices… Hasta que Mari tuvo la desafortunada idea de encender el televisor, y la C.A.C.A. fue ya otra. Noticias. La locura. Nuevamente, el hombre. Abatidos, os despedisteis. A la salida, Irene paseaba su perro, ese que te recuerda siempre a Roig…       

Cuando la vida no era lo deseado, cuando, cansado, te derrumbabas -en un sentido literal o metafórico-, en un sofá,    pensando en que las noticias serían otras y buscabas en el cine, consuelo, Él percibía tu preocupación. Cuando se murió tu madre, Roig  dejó de comer… Y se quedó a la vera de su cama… Le importaba un huevo pasear. Rafael -¡qué  buen veterinario y amigo!- fue certero… «La añora. Y se quiere morir»… Hubo analíticas. Intentos. Lo cogiste un día en brazos y te lo llevaste al Cuartel de Santiago. Y lo dejaste ahí. Solo. Esperabas que te siguiera. Que reaccionara. Y lo hizo. ¡Por Dios, qué angustia! Se salvó…

Nadie, como él, supo percibir jamás el dolor de un ser humano y la importancia de una lágrima… Ojalá todos los genocidas que en el mundo han sido, tuvieran un pequeño hálito suyo… Y entendieran que, tras un genocidio, no hay víctimas, sino, precisamente eso, lágrimas… Las de tantos inocentes… ¡Qué asco, de verdad!

A Roig le dedicaste, durante años, esta columna…

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Él nunca habría sido Hitler, ni Stalin, ni Lenin, ni Putin,    ni tanto descerebrado que pulula por ahí y que no entiende que, a la postre, todos os podéis ir    al carajo, él incluido... Roig habría lamido las heridas de una pierna, en guerra, cercenada, sin preguntarle si esa sangre era judía o palestina, de izquierdas o de derechas, o de… Porque    únicamente le hubiera importado paliar el desolador dolor de un inocente…

Y ahora, si me lo permiten, cambiaré de persona gramatical -de hecho ya lo he hecho- y me acostaré. Intentaré ver una película en la que habite un buen sentimiento. Y me ayude a sobrevivir… O escucharé a    Serrat, en la esperanza de que la cultura nos salve. Roig, de seguro, habría estado de acuerdo con eso:

«Que el mar está agonizando

que no hay quien confíe en su hermano,

que la tierra cayó en manos

de unos locos con carnet».

Tengo sesenta y cinco años. No me preocupa mi mañana. Solo el de la gente a la que quiero y, si me apuran, el de ese impresentable con el que coincides, cada día, en la calle y que no saluda a nadie… No es el mundo que anhelé para quienes amaba… Hice -eso sí- lo que pude. Era todo lo que estaba en mis manos… Y me consuela pensar que mañana existirá todavía y que continuaremos con nuestro partido. Al fin y al cabo la altura de un presidente únicamente debe ser cerebral… Y Ramón es un buen hombre…