Hay que estar a las duras y a las maduras, y esta vez Menorca ha saltado a la actualidad por una noticia bien tonta, de esas de ‘tierra trágame’, el serpenteante carril-bici construido entre el aeropuerto y la rotonda de la carretera que va hacia Sant Climent. Cierto es que cuando vi la imagen por primera vez era inevitable reírse, imaginarte una bicicleta intentando trazar curvas a diestro y siniestro, sorteando farolas y árboles, un mareo asegurado. Después ya me dio pena, como suele ocurrirme con cualquier otro tema cuando las hordas de internet se ceban con algo y dan rienda suelta a la saña, casi entraban ganas de adoptar el dichoso carril como nuestro Ecce Homo particular, se acuerdan, aquella fallida restauración pictórica que fue objeto de burla internacional. Pero la cosa ya no tiene tanta gracia cuando se conoce el presupuesto destinado a la vía para los adiestrados ciclistas que decidan recorrerla. Nada menos que 316.600 euros por una obra que tendrá que rehacerse y, como avanza Aena, en una línea lo más recta posible, no solo ya por razones estéticas -y para poner punto y final al cachondeo-, sino también de seguridad.

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Esta es sin duda la razón más importante que justifica un carril para bicicletas, la circulación segura de sus usuarios, los más débiles de la carretera. Los 1.175 metros que ahora son carne de meme representan un ejemplo de que la red viaria se está llenando en los últimos tiempos de rutas absurdas, trazados imposibles para cumplir con lo políticamente correcto en los proyectos de obras, llámese carril-bici, aunque no quepa, sea estrecho, tenga una farola en medio o de repente se corte sin llegar a ningún lado. Si se crea una buena red de carriles para bicicletas es probable que muchos se pasen a los pedales como alternativa al coche. Pero si proliferan los experimentos lo más habitual es ver a peatones que caminan por los carriles para bicis y ciclistas por la calzada con coches que les pasan a un palmo o forman cola detrás. De locos.