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La pandemia va a ser una broma en comparación con lo que se nos viene encima si no hay una bajada de impuestos en la energía. Una broma pesada, porque dejó la economía hecha jirones y ahora cualquier expectativa de recuperación se ve nublada por una inflación desbocada y una guerra en Europa. Lo de la broma es cosecha de Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria, tras la conferencia de presidentes autonómicos. Él habló de pesqueros amarrados porque no hay capturas de anchoa suficientes para cubrir el combustible de un día faenando; de ganaderos ahogados por el precio del gasoil y porque ahora resulta que ya no se cultivan cereales en este país y se depende del que viene del Este; de una industria a la que vuelven los ERE. Aquí la presidenta Armengol ya teme lo que es cuestión de tiempo, el aumento de los precios de los billetes de avión, y pide medidas urgentes, aunque no es partidaria de esa rebaja impositiva. También el campo balear se asfixia; soportamos sobrecostes por el transporte; el sector manufacturero está malherido; y las expectativas y la operativa del turismo dependen de una coyuntura internacional que está más que complicada. El comercio alimentario ya repercute los costes en un consumidor que ni de lejos ha visto sus sueldos aumentar lo que el coste de la vida. Y gracias, porque aquí vivimos mientras a pocas horas de vuelo el horror de las bombas no cesa. Pero cuando nos dicen, supongo que metafóricamente, que bajemos la calefacción, es que te partes -por no llorar-, debajo de la mantita. Esto ya había empezado a descontrolarse antes de que Putin iniciara su invasión y ahora solo ha empeorado. Urge que concreten ya las medidas para retroceder a los precios de antes y que el Gobierno se haga oír fuerte en Europa para que el gas no condicione la factura energética. «Hay que echarlo atrás» y acabar con el «enriquecimiento pornográfico» de las compañías, decía el cántabro. Y en eso tienen que ir todos a una.