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En este tiempo propenso a extremismos, particularismos, fanatismos y otras formas de intolerancia sutilmente disfrazada de causas nobles, la situación en Ucrania tiene la pinta de un incendio de imprevisibles consecuencias. A menudo no tenemos la comprensión precisa de lo que está ocurriendo hasta que ha pasado el tiempo y nos da perspectiva. La elección entre Macron o Le Pen nos ha acercado otra vez al precipicio. La extrema derecha y la extrema izquierda aumentan con la rabia y el descontento de la gente. Se abandona lo racional por lo visceral. El espectáculo es penoso y recuerda épocas pasadas. Hablando de espectáculos, se acaba de estrenar la película de Jean Jacques Annaud «Arde Notre Dame». El director de «En busca del fuego» (1981), «El nombre de la rosa» (1986) y «Enemigo a las puertas» (2001) recrea el devastador incendio de este icono de Europa en abril de 2019. Tendemos a convertir en símbolos algunos hechos que nos afectan. El fuego, que en una de sus películas representa la conquista de la humanidad sobre la naturaleza, tiene también un carácter destructor e iconoclasta. La destrucción es inseparable del ser humano. Basta contemplar hoy las calles y edificios ucranianos. Frente a un incendio o una guerra, la primera labor consiste en evitar su expansión descontrolada. No es fácil, dada su naturaleza inflamable que va alimentando la fuerza del viento. Somos voluntariosos bomberos frente a la catástrofe.