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Nada tengo contra la mediocridad. Yo mismo me reconozco mediocre en no pocas destrezas (no profundicemos). La mediocridad sirve entre otras cosas para realzar (por contraste) la excelencia. Admiraremos más a Mozart, a Police o a Queen si tenemos ocasión de escuchar antes o después a Chikilicuatre.

El hecho de que respete a los mediocres no quiere decir sin embargo que esté contento de sufragar sus gastos. El Chikilicuatre no me supone gasto alguno, ni en lo crematístico ni en lo emocional. Profundo respeto por tanto.

Hablemos en este resbaladizo contexto de Irene Montero, por sumergirnos en un caso paradigmático de mediocridad onerosa.

Afirmaría sin miedo a equivocarme que esta señora, en contraposición a otros mediocres que viven de los recursos que ellos mismos generan, no revierte a la sociedad ni la millonésima parte de lo que succiona de ella, Esto me molesta un poco, he de confesarlo, dado que formo parte de esa sociedad que viene siendo insistentemente importunada con las refinadas artes demagógicas y extractivas de la citada doña. Solo por poner un ejemplo: es posible (y no lo digo irónicamente) que Montero ignore que ya existe un mecanismo (la baja laboral prescrita por un médico) que protege los derechos de las mujeres que sufren dolores, tanto menstruales como de toda índole, de la misma manera que un repartidor de butano de género masculino, femenino o no binario puede obtener una baja laboral si le duele la espalda o incluso la ingle (imagino), siempre que el dolor sea lo suficientemente fuerte o incapacitante como para dificultar, cuando no impedir, el desarrollo de su tarea.

Coincidiré probablemente con alguno de ustedes si expreso mi sospecha de que el puesto tan bien remunerado que ha conseguido nuestra heroína no viene por la vía del mérito (su mediocridad manifiesta -analícese con atención cualquiera de sus tan vacuos como delirantes discursos- lo descarta), sino que el cargo le ha caído del cielo por el hecho de ser mujer. En este caso por ser la mujer de.

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Quizá valga la pena subrayar que Montero no es ni mucho menos la única persona (hembra, macho o todo lo contrario) mediocre que nos cuesta una pasta gansa a los contribuyentes. La menciono sólo porque he leído hoy un artículo que celebraba sus «logros» y me he sentido inspirado y atraído por su faceta de «icono» (perdóname PJB) del «cantamañanismo» (perdónenme aquellos cantamañanas que financian ellos mismos sus chorradas).

El problema con aquellos mediocres que ganan mucho dinero (público en ocasiones) es que se sienten impelidos a compensar sus injustificables emolumentos con gran despliegue -a veces frenético- de actividad. Constatándose, como se constata, que su azaroso quehacer suele ser irrelevante, cuando no pernicioso (dada la incapacidad que tiene todo mediocre de afrontar grandes retos), recae sobre el contribuyente (en el caso público) o sobre los subalternos y allegados (en el ámbito de lo privado) el enorme peso muerto que suponen sus decisiones arbitrarias, tales como crear nuevas leyes ya existentes o generar conflictos donde existían consensos, inventar la rueda y obviar con desparpajo el fracaso históricamente repetido de sus recetas/slogan.

Es por esto que me apiado de los políticos vocacionales con verdadero afán de servicio que se ven continuamente superados en el escalafón por elementos mediocres con potentes habilidades lameculeras o dotados de serie con buenos padrinos (un macho alfa en el caso que nos ocupa). Debe ser duro ver cómo individuos más falsos que un euro de madera se calzan el kit ideológico que convenga al momento para trepar por la escala que lleva al coche oficial, el sueldo de ministro o secretario y los viajes pagados.

Ruego una oración por ellos (los vocacionales). Con la falta que nos hacen suelen quedar desactivados por las minas que siembran en su camino los mediocres venidos arriba con la ayuda necesaria del votante meticulosamente adoctrinado y voluntariamente ciego.

La tenemos clara, colegas.