Tienen los andaluces la inmejorable ocasión de abrir un dulce y jugoso melón. Qué bonito sería (para mis estándares de belleza, pongamos por caso) que dejaran las urnas llamativamente vacías como respuesta a la berrea electoral que celebran estos días con verdadero entusiasmo los amados líderes de su Comunidad.

Expondré sin pudor los sentimientos y las inquietudes que me conducen a desear tal suceso (en principio tan indeseable para muchos).

Empezaré por formular una pregunta incómoda pero quizás oportuna.

Si usted, amable lector, para lograr hacerse con el bastón de mando de su comunidad de vecinos, de su municipio, de su comunidad autónoma, de su país, o del mundo entero hubiera de contar con el apoyo necesario de gentes que encontraran oportuno matar a los homosexuales, ¿consideraría usted loable aceptar los compromisos que se contraerían irremediablemente en dicho pacto? ¿Lo llamaría con orgullo resiliencia?

Pues bien, ha habido individuos que consideraron oportuno en su día matar a congéneres (fueran o no homosexuales; bastaba con que pasaran por ahí en el momento del atentado o defendieran una ideología distinta a la del que se encargaba de apretar el gatillo), y ha habido tipos a quienes ha parecido oportuno utilizar a dicho grupo (o a los flecos que dejó) para mantener asida la batuta y...sí, lo han adivinado: lo llaman (con orgullo) resiliencia.

Pero amigos, en caso de que el rival tuviera socios sospechosos de no ser demasiado razonables o demasiado demócratas, ¿haría eso mejor al oponente que se rasga las vestiduras? Yo diría que no; diría que el tal oponente pactaría y pactará con quien haga falta para implementar el clásico quítate tú que me pongo yo. Diría que nos venderá la moto del consabido compromiso de servicio (en este caso a Andalucía) y el no menos clásico «es que si no me pongo yo se pondrán los malos».

Todo esto parece bastante lioso, de manera que simplificaré para aclarar mi postura:

Lamentablemente el seguimiento de las decisiones políticas de nuestros amados líderes en los últimos tiempos me ha conducido a la cada vez más arraigada y triste convicción de que nuestro problema no son los rojos (si eres azul), los verdes (si eres rojo) o los morados (si eres naranja). Desde hace lustros nuestro problema lo representan todos ellos.

Entendiendo por «ellos» los que se baten incansables por ese sillón que proporciona unos ingresos saludables y una proyección envidiable. Entiendo por «nosotros» los que financiamos a esas buenas gentes tan dispuestas a exprimir la ubre pública, no solo para cubrir sus emolumentos, sino para costear también sus chiringuitos clientelares.

No digo que sean unos canallas. Son humanos, defienden sus intereses, como usted o como yo. No los odio, por supuesto, simplemente desearía que dejaran de vivir siempre a nuestra costa, o en su defecto que no fueran tan manirrotos con nuestro dinero (así no tendrían que extraernos tanto). Porque pedirles que no mintieran sería ir demasiado lejos, eso lo comprendo.

En definitiva, creo que sería saludable para nuestra dignidad decir basta. No votar. Quizás unas urnas vacías sea la única manera de provocar una reflexión en los vendedores de crecepelo. Andalucía no sería un mal punto para iniciar la reconquista.

Pero no se preocupen los creyentes de sendos bandos: no caerá esa breva.