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Bien mirado, las elecciones andaluzas han dejado un panorama bastante razonable respecto a las expectativas reales de cuantos saltaron a la arena electoral. El PP ha ganado con más solvencia de la esperada y no depende de nadie para gobernar, le ha bastado un candidato moderado, el recuerdo de una buena gestión y la memoria de las pasadas cuatro décadas socialistas culminadas con el estrambote de putas y farlopa.                                             

Al pobre candidato del PSOE le ha ocurrido lo mismo que a Gabilondo en Madrid, el electorado le ha dado una patada de hartazgo a Sánchez en el trasero de Espadas. En el colmo de la desesperación incluso habían llevado de procesión a Zapatero como los pueblos que sacan de la iglesia la imagen del patrón para que llueva en tiempos de sequía. Una chirigota de Cádiz habría generado mejor resultado.

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Los socialistas han tocado fondo, se ha roto el mito de la Andalucía roja aunque el resto del mapa electoral apareciera en azul, verde o naranja en los medios. La intensidad cromática ha sido suficiente en alguna ocasión para volcar el mapa, el voto andaluz decidía en España por más que el elector discrimina con astucia en función del alcance de la convocatoria. En todas las regionales se está formando una ola que crece con pinta de tsunami.                                                   

Pese a todo, los votos socialistas han duplicado los sufragios de Vox, que parecía el gran enemigo del PSOE, lo sigue siendo en su discurso. Por tanto, el resultado no ha sido tan malo, pero la ultraderecha, como la llama Sánchez, ha doblado a su vez los votos de la ultraizquierda, ahora rota y mal avenida, pero compañera irremediable en su aventura de permanencia en el poder.

Curiosamente, el cordón sanitario a Vox se lo ha puesto el PP, habrá que cambiar el sobado mensaje que, a falta de unidad y mejores ideas, venía sembrando innecesariamente la izquierda, la cizaña crece sola.