Un periodista ilustre, retirado ya, me decía que él leía «El País» por lo que no contaba. Valoraba más lo que omitía que los titulares a cuatro columnas. Salvo la honrosa excepción de la prensa de provincias, los diarios son producto hecho a la medida de su público, eluden informaciones que causan alergia entre los lectores habituales de su parroquia.         

Hacía esta reflexión al leer el otro día que las juventudes socialistas han organizado una jornada sobre comunicación política a la que han puesto el nombre de Tirso Pons. Seguramente desconocen que Tirso, un adelantado a su tiempo, achacaba a la falta de comunicación de su labor el estancamiento o retroceso electoral. «No sabemos comunicar», decía el político con mejor encaje para la crítica que he conocido en cuatro décadas.

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Por encima de los bulos, o fakes como dicen ahora los modernos, la estrategia de mi antiguo compañero es universal, trasciende los tiempos y las modas. Hasta hace unas semanas he visto y oído en los medios amigos del poder en las Islas noticias sobre el caso Alpha Pam, aquel joven inmigrante por el que fueron juzgados y absueltos el médico y la enfermera acusados de su muerte, pero ahí siguen    dando la matraca los mismos medios que, sin embargo, omiten seguimiento alguno de las menores, que estando bajo tutela del Govern, fueron víctimas de abusos en Palma.

Un infiltrado entre la audiencia en la charla para cargos y amigos que Armengol ofreció la semana pasada en el Ateneo, le preguntó sobre este asunto. «Es un problema de la sociedad de hoy», le vino a decir la presidenta balear.

Controlar la información es la clave de la comunicación política de ayer, hoy y mañana. Un vicepresidente del Consell lamentaba que la consellera cesada hubiera hablado en vez de callar, habría tenido así una salida más digna, según sus palabras, brillante elogio de esa omertá tan nuestra.