Problemas no faltan. Como en los casos de enfermedad, hay que detectarlos, comprender las causas y recetar soluciones.

¿Qué tal si nos detenemos en comentar por ejemplo un par problemas que afectan a Menorca estos días, tales como la masificación y la carestía de la vivienda?

Por descontado me precipito a confesar que soy perfectamente lego en estos temas, me limitaré pues a reflexionar desde el sentido común (a sabiendas de que incluso este instrumento puede resultar estéril).

La masificación supongo que se produce por múltiples factores, entre los cuales no descarto que se encuentre el hecho de que Menorca es una de las perlas más atractivas del Mediterráneo, que a su vez es una perla entre los mares que embellecen el planeta tierra. Perlas hay pocas; gentes amantes de las perlas hay mogollón. Vienen pues hasta de los pueblos más lejanos al paraíso. ¿Cómo evitar que lo hagan tan masivamente y tan concentrados en los meses estivales como para convertir por momentos el paraíso en un marrón? Lo ignoro (ya advertí de mi amateurismo).

Intuyo no obstante que los hoteles de lujo importan menos turistas que los de batalla; suele haber más gente comprando en Zara que en Gucci. Esta circunstancia puede dar alguna pista.

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En cualquier caso intuyo también que gastar pasta del contribuyente en campañas para atraer turismo en verano es echar leña al fuego del problema amén de un despilfarro con toda la pinta de resultar improcedente.

Sobre el elevado precio de la vivienda se me ocurren algunas consideraciones (bastante inútiles, he de reconocer). Volviendo a la metáfora de la perla, es lógico que una casita en Es Grau cueste más que un dúplex en Getafe. La culpa no la tiene el comprador, la tiene el producto. Presumo que las casas de Menorca eran en principio de los menorquines. Son los menorquines quienes han decidido venderlas. No pienso que la oleada de franceses que últimamente han comprado aquí una segunda residencia (muchas veces de lujo) lo hayan hecho a punta de pistola. Mas bien a punta de billete. En este tipo de transacciones no hay un bueno y un malo, hay un comprador y un vendedor. Si me preguntan mi opinión yo no vendería una irremplazable propiedad en Alcaufar, la disfrutaría como un bien único en el mundo, a menos que no necesitase el dinero para salud, para emprender una nueva vida en otro planeta, pagar la universidad a algún hijo o paliar una urgencia de liquidez, en fin, cosas así, desde luego no para depositarlo en el banco, costear unas vacaciones de lujo o comprar un Ferrari. Cada millón de pavos que recibes por la venta de tu casa menorquina se convierte inmediatamente por la inflación y por el cepillado tributario en una cifra menos redonda. Y demos por seguro que con ese dinero no podrás comprar una casa de iguales prestaciones mejor situada (perderás pues calidad de vida), porque no existe mejor sitio, y si existiese sería más caro.

Dado que prohibir la compraventa de inmuebles sería una práctica más propia de Corea del Norte que de un país europeo, solo se me ocurre que los menorquines no se desprendan de sus propiedades si no les acucia la necesidad. No hay dinero para pagar la calidad de vida que se puede disfrutar en nuestra isla. He dicho.

Supongo, en lo que respecta a los alquileres, que también son caros seguramente por motivos parecidos (lo codiciado, si escasea cuesta), supongo, digo, que ayudaría a contener el problema el que los ayuntamientos liberaran suelo para construir vivienda protegida (el exorcismo de poner límites al alquiler no sirve sino para sumergir contratos como demuestra la correosa realidad), pero en este asunto soy también lego y afortunadamente no me paga nadie para resolver el problema. Sería deseable sin duda que los que sí cobran por ello tengan mayores conocimientos y empeño que yo mismo y se les ocurra algo distinto a las fórmulas ensayadas en otros sitios con resultados nulos cuando no opuestos a los pretendidos.

En todo caso no olviden que esta columna está concebida como espacio humorístico. No vayamos a joderla.