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Dentro del alud de leyes que se nos ha venido encima en los últimos tiempos, hay una que permite cierto desenfado, propio de una columna veraniega que solo pretende airear un poco las neuronas, un tanto estuporosas de puro frenesí y, de la misma manera que entre tanta morralla como la que inunda «las redes», surgen vídeos de cachorros haciendo monerías, pues el Gobierno ha optado por infiltrar entre tanta nueva ley, una de gatitos y perritos a ver si es capaz de arrancar alguna sonrisa al respetable (y de paso, algún voto).

Sí, estoy hablando de la anunciada Ley de Bienestar Animal que, por los retazos que me han llegado, está pensada fundamentalmente para el entorno urbanita, es decir para perros y gatos, porque perdices y pececitos, por poner unos ejemplos, no parecen tener derecho al bienestar. Y claro, hecha la ley hecha la multa, de la que no se libran ni los mendigos, que no podrán pedir limosna acompañados del habitual perro de mirada triste, bajo pena de un multazo y, es un suponer, la incautación del  llamado amigo del hombre…

Porque hay que tener disponibilidad económica para tener en casa perritos y/o gatitos que pasen a la categoría de «perrhijos» o «gathijos», conceptos que pueden parecer cómicos a algunos y patéticos a otros, a quienes esto de tratar a los animales como si fueran hijos les parece fuera de lugar. Y es que España es uno de los países del mundo donde se tienen menos hijos (de esos que farfullan ¡a-jooo! y te sonríen, no de los peludos que solo saben mover la cola o ronronear), y eso se debe fundamentalmente a las dificultades que se ciernen sobre los aspirantes humanos a reproductores de la especie: falta de estabilidad laboral, vivienda, dificultades en la conciliación de vida laboral y familiar…

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Según un reportaje de «El Confidencial», básicamente entre los 18 y los 29 años no se suelen tener hijos porque se es demasiado joven para cuidarlos responsablemente. De los 30 a los 34 no se tiene el nivel económico necesario para mantenerlos. De los 35 a los 39 no se encuentra la pareja adecuada. De los 40 en adelante no se puede o ya es tarde. Y luego hay que sumar a los que simplemente no quieren tener hijos, franja que se está ensanchando en los últimos tiempos (negacionistas de la paternidad/ maternidad). Y así podemos entender que, entre tantas dificultades, tantos factores en contra, muchos jóvenes hayan optado por crear otras familias totalmente diferentes, y así nace el fenómeno de los «perrhijos» o «gathijos», concepto ligado a un nuevo modelo multiespecie cada vez más asentado en España, cuyas nuevas generaciones, en lugar de tener hijos deciden adoptar un perro o un gato o a uno de cada especie, lo que según el reportaje aludido, sale mucho más barato, cumple una función afectiva muy importante ya que ayuda a sus dueños a  tener compañía…

Escribo esta última crónica veraniega bajo el ullastre mientras Flash, nuestro pequeño snauzer permanece a mis pies con la pelota de tenis en la boca, listo para cuando su amo se digne pasar a la acción. Flash llegó inopinadamente a casa cuando aún llorábamos a Allen, el último terrier, y se adaptó rápidamente a un entorno senior, en buena parte gracias a la frecuente presencia de Ringo, el braco de nuestro hijo, con el que hizo buenas migas desde el principio. Se está acostumbrando poc a poc a no chillar (él no ladra, chilla) y para adiestrarlo acudimos a la persuasión, explicándole pacientemente la nueva ley que puede permitirle ir a la playa, o que volveremos pronto cuando nos vamos a nadar o a tomar un gin tonic al puerto. Sí, sí, le damos una explicación, porque ¿quién le asegura que vamos a volver en un país con una altísima tasa de abandono de mascotas?

Bona tardor a tothom.