El deporte está parcialmente contaminado. El objetivo inicial, formativo y competitivo que los bohemios como yo se imaginan que propulsó el nacimiento de la práctica deportiva se diluye cada vez más por culpa de la mala praxis de progenitores, entrenadores y aficionados y no podemos más que lamentarlo mientras vemos que los mensajes que lo acompañan transforman equivocadamente cada vez más al rival en el enemigo. Sin pensar que, a los éxitos de cualquier individuo o equipo le va ligado irremediablemente el papel del rival. No sé si me explico…

Llego tarde, lo sé, pero menudo ejemplo dieron, han dado y darán Rafa Nadal y Roger Federer. El tenista con más clase de la historia reciente se retiró hace unos días del profesionalismo y lo hizo acompañado de los que han sido sus máximos rivales y que la competición y la relación entre ellos ha hecho que coloque como amigos, en lugar de enemigos. La elegancia en el juego del suizo es solo comparable con la elegancia con la que ha tratado a Rafa Nadal quien, en lugar de ser su archienemigo como se ha intentado vender desde, por ejemplo, parte de los medios de comunicación, se ha convertido en un amigo y en un confidente. Las lágrimas de los dos y su complicidad en el homenaje del adiós de Federer no es casual, es el fruto de muchos momentos compartidos que van más allá de las pistas.

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En el camino hacia el reto de ser el mejor del mundo o de tu ciudad, necesitas un rival sano que te obligue a ser mejor, que te ponga contra las cuerdas y te exija tu mejor nivel para llegar hasta límites en los que, a pesar de ganar todo, no llegarías con la superioridad que te da ganarlo todo. Nadal ha hecho mejor a Federer y Federer ha hecho mejor a Nadal. Ellos dos lo entendieron y así lo han querido transmitir, haciendo mucho más por el deporte que levantar trofeos y regalarnos puntos y partidos para la historia.

Otras disciplinas han preferido enemistar a deportistas en su lucha por ser el mejor pensando que no hay espacio para la amistad, como el caso de Messi y Cristiano, del Madrid y del Barcelona o de Los Lakers y Celtics en la NBA, entre otros. Esa rivalidad, que en ocasiones roza lo absurdo viendo algunos comportamientos, los ha obligado a ser mejores y los ha alejado de trayectorias planas y plácidas que a su vez significaban un rendimiento muy lejos de lo que se ha visto.

No solo el tenis echará de menos a Federer y, pronto, a Nadal. También el deporte. Y la sociedad. Porque sí, necesitamos más hombres que lloren en público y que muestren sus sentimientos, pero también necesitamos referentes que tengan claro su papel y los valores que les acompañan. Necesitamos más rivales y menos enemigos.