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Los asesores políticos cuando pierden las elecciones de los partidos o políticos que han asesorado, deberían de empezar por sentir vergüenza porque digo yo que en ese derrumbe algo habrán tenido que ver por haber asesorado mal. Recuerdo en tiempos de Rodríguez Zapatero que los asesores no le advirtieron con pelos y señales de la depresión que estaba asomando las orejas. Todo se precipitó de hoz y coz con el derrumbe de la construcción, si se me permite decirlo diré que fue como un castillo de naipes al que le colocan a un metro un potente ventilador a toda marcha. Los asesores se enteraron de aquella hecatombe cuando el PSOE perdió las elecciones.

Conviene decir que a fecha de hoy en día tenemos ya un verdadero atestón de asesores/as que no nos salen precisamente gratis; y lo que a mí me resulta más doloroso es que suelen ser gentes desconocidas para el votante que ha votado un determinado político, a un determinado partido al que reconoce por haberle visto en vallas y pasquines, en debates televisivos y radiofónicos pero a la hora de la verdad hay que decir que lo desconoce todo del asesor, del que además ignora lo que cobra, de dónde sale el dinero para pagar a tanto asesor y también de qué materia asesoran. En esa disyuntiva, fuerza es que me pregunte ¿por qué no nos dicen con pelos y señales qué asesores van a necesitar? A lo mejor en ese maremágnum de la política nos venía más a cuenta votar al asesor que al político. Qué quieren que les diga, eso me trae a las mentes lo de los 5.000 o 10.000 metros de corredores que ponen alguna «liebre». En ocasiones me he preguntado ¿y por qué no corre este tío los 10.000 metros si ya lleva más de media carrera corrida y va el primero? Pero de pronto, como si le hubieran dado el cloroformo, se aparta a un lado. Si el buen político es aquel que domina la industria de armonizar bien los caudales públicos, digo yo si no nos iría mucho mejor que en determinados casos fuera el asesor el que administrase en vez de dejar que lo haga el político porque en puridad no creo que pueda existir un buen político si este no es un buen administrador de los caudales públicos. Esa es la esencia, la sustancia de un político. Si además legisla en esa dirección, mucho tendrá de ganado como buen administrador.

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2 Será capricho pero ya ven ustedes, me gustaría saber cuántos asesores hay pululando de la ceca a la meca por los despachos de los políticos españoles y si su salario está regulado por algún tipo de convenio. ¿Quién elige a los asesores? Quienes saben de estas cosas afirman que cuando en la naturaleza se necesita algo, la propia naturaleza lo crea. De los políticos sabemos al votarlos cuál es la tendencia que tiene el político, Solo faltaría. Del asesor no sabemos nada de nada, si es de izquierdas o de derechas, si es una buena persona que asesora con cabeza y corazón o es simplemente un correveidile que está aprovechando el tirón. El asesor bien podríamos decir, tal cual están las cosas, que hoy forma parte de un afortunado club que además, cuando el presidente o los ministros o el resto de la caterva de altos cargos, tiene que dejar sus poltronas y sus sueldos galácticos, al asesor no se le corre a gorrazos ni se le menoscaba la honra, entre otras cosas porque la gente como usted y como yo ignoramos a qué partido pertenecen de manera que el asesor seguirá a sus cuidados o en el colmo del aprovechamiento se ofrecerá clandestino para asesorar a otros. El asesor permanece las más de las veces en el anonimato de los que llegan a cobrar un buen salario. Curiosamente, y fíjense que me extraña, no existe aún la carrera de asesor, al menos que yo sepa. De manera que no hay ninguna universidad ni colegio mayor donde se pueda cursar la «brillante» carrera de asesor.

En el fondo, eso de «trabajar» de asesor es una performance de liebre que estimula la velocidad de los atletas en la carrera de largo recorrido. Algunos asesores, si no les fuera tan bien como les va asesorando, deberían de dar un paso hacia delante y militar en un partido político para una vez alanzado el cargo que le otorga despacho, buen sueldo, secretaria, coche oficial y un sinfín de privilegios, llegado el caso asesorarse a sí mismo.