Me gusta de vez en cuando echar un vistazo a mi cartilla de ahorros que llevo en mi interior. No es bancaria ni de cartulina plastificada sino simplemente imaginaria, etérea. De ella soy mi propio administrador y en sus casillas he ido anotando todos mis movimientos y de vez en cuando doy un vistazo al saldo no sea que se me vaya agotando.

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Las anotaciones no son numéricas ni pecuniarias, se limitan a la valoración de cuanto me rodea y de las personas con las que suelo tener trato.    Debo confesar que todo    aquello que de entrada ya me resulta negativo lo rechazo de inmediato y solo anoto valores positivos. No pago impuestos por ello y espero no llegar a hacerlo jamás, aunque tampoco pondría la mano en el fuego, hay gente que lo hace y salen con quemaduras de primer grado, no vale la pena andar con heroicidades absurdas que no pasan de ser chulerías caseras y desmontables. Las ansias recaudatorias son tantas y sibilinas que hasta me controlo la capacidad respiratoria ante el temor de que se haga realidad el dicho «pagar hasta por respirar».