Pues nada, que llegó el señor Elon Musk con su chorrocientosmilmillones a Twitter y empezó a despedir gente como si le hubiera poseído el espíritu de Ronald Reagan, el tío escupió en un tuit que sus currantes, los pocos que quedaban, tenían que trabajar muy duro, en jornadas infinitas y firmar un documento en el que aceptaban sumisamente ser esclavos del pajarito azul, o si no ya sabían dónde estaba la puerta. Pues mira tú por dónde, ¡chorprecha!, un buen número de curritos le han dicho al señor Musk que se coma el pajarito azul con todas sus plumas, y que si eso es el mercado ellos se van para casita, porque si tragan con eso lo próximo sería recoger algodón gratis para la dinastía Musk, vamos, que le han enviado a la mierda con todas las letras.

Una preguntita, ¿por qué se creen, queridos lectores, que los poderes económicos usando a sus gobiernos sumisos, se han encargado de machacar a los sindicatos? Llámenme malpensado, pero igual era porque los sindicatos eran la última trinchera de lucha colectiva que tienen los curritos para defenderse de los abusos del gran capital. Y curritos son tanto los que teclean en sus ordenadores para Twitter, como los que reparten paquetes para ese otro gran neoliberal que regala calmantes y antiinflamatorios gratis a su personal para que no paren de currar hasta el infarto, llamado Jeff Bezos.

El problemilla que tenemos entre manos es que los ricos tienen muy clarito eso de la conciencia de clase, saben lo que son y los privilegios que tienen y luchan con sus palos de golf, sus lobbies de todo tipo, sus medios de comunicación comprados a golpe de talonario, sus tejemanejes corruptos para tener jueces, policías y políticos a su servicio, es decir, hacen lo que haga falta y más para defender a su clase, tienen más conciencia de clase que Marx en sus mejores tiempos. Sin embargo, el resto vive engañado nivel máximo, nadie se quiere considerar clase trabajadora, todos somos emprendedores, creativos, nuestros propios jefes, nos compramos el iPhone a plazos y nos creemos que Amancio Ortega es un gran filántropo.

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A todos nos gusta definirnos como clase media, ese invento socialdemócrata que empezó a deshacerse como un azucarillo en cuanto cayó el muro de Berlín. Claro que sí guapis, somos clase media hasta que se rompe el coche, suben los intereses de la hipoteca, o el niño necesita unos brackets, entonces, pum, de golpe y porrazo estamos pidiendo créditos para enmierdarnos aún más y echándole la culpa a los inmigrantes porque nos quitan el trabajo y a los okupas que reciben ayudas del gobierno etarra y bolivariano por quitarnos el piso, mientras los ricos se descojonan, copa de coñac del caro en mano, viendo como los «mierders» del mundo nos damos hostias entre nosotros.

Y ahora parece que tengo que hacer una llamamiento a la unión de la «working class» (mira qué gilipollas soy, usando anglicismos para parecer más joven) y todo eso, qué va, no soy tan ingenuo, mejor reproduzco unas palabritas de Julio Anguita. «El que tiene que comer todos los días no puede permitirse el lujo de perder el trabajo por un acto de rebeldía. La rebeldía siempre ha surgido de aquellos que comen todos los días». Así que, ¿rabia con el currito que se resigna y traga por su familia?, nunca, jamás. ¿Rabia con los pancitas agradecidas que pudiendo hacer alguna cosita para limar desigualdades no hacen absolutamente nada?, toda la del mundo. Créanme, muchos días me doy una rabia que no me aguanto. Lúpulo y feliz jueves.

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