Estoy bien. Bueno, miento, estoy realmente muy bien. Estoy feliz conmigo, con mi gente y con todo lo que me rodea. Me gustaría que algunas cosas fueran mejor, pero, si te soy sincero, firmaría ahora mismo para que todo se quede tal y como está y durase lo que hiciera falta. Además, estoy esquivando bastante bien todo el coñazo referente al Black Friday y eso me hace pensar que no necesito nada más ni material, ni sensorial, ni espiritual.

Qué poco se valora el estar bien. Piénsalo. Solo nos paramos a pensar en ello cuando estamos mal, cuando nos duele la cabeza, cuando no nos sale aquello que queríamos o cuando logramos lo completamente opuesto a lo que ansiábamos. Solo somos conscientes del lujo que supone estar bien cuando la rutina nos marca y nos empuja por un camino complicado. Convendría, quizás, frenar un poco el ritmo alocado al que vivimos y pararnos a apreciar el delicioso sabor de las cosas cotidianas, normales, del montón.

No sé si te pasará como a mí, que me satura tanto el Black Friday como la imperiosa necesidad de comprar que te despierta o te intenta despertar. Luces, carteles, letras de colores, gritos, ruido… Todo ese exceso me aburre y me sobra cuando lo único que quieres es estar tranquilo. Me da completamente igual que ese jersey que ni quiero, ni necesito, ni sabía que existía hasta hace unos minutos, esté rebajado un veinte por ciento, o que, si me lo compro, por el mismo precio me llevo a su hermano gemelo de distinto color, de regalo.

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Somos una ‘zoociedad’ que se ha acostumbrado a lo inmediato y, cada vez más, a lo superfluo. Hemos perdido el sentido por muchas de las cosas que hacemos en beneficio de una especie de adicción que es el ‘aquí’ y el ‘ahora’. Preferimos comprar impulsivamente antes que decidir qué queremos o qué necesitamos, o si realmente nos hace falta aquello que tenemos entre las manos. «Me voy a comprar un segundo par de zapatillas para correr para cuando se me gasten las primeras», dice por ejemplo aquel que no ha corrido en su vida, hulio, o que todavía no ha empezado a correr.

Me da igual si estás pensando que exagero porque estoy bien. Estoy rematadamente bien, tengo salud, tengo todo lo que quiero y quiero muchísimo todo lo que tengo. Puede que me haya costado un poco llegar hasta esta conclusión, pero qué bien se está cuando llegas. No te la voy a recomendar porque ojalá lo descubras por ti solo. A veces nos falta poco y nos sobra mucho.

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