Cuando personas disparejas se dirigen, por distintos caminos, hacia un mismo lugar, tarde o temprano habrán de converger. Salvo en tu país. Porque, en él, el objetivo no es común y, si te apuran, ni tan siquiera decente. En España no todos los caminos conducen a Roma, al tener cada uno su «ciudad eterna» particular, perfecta, inamovible y, por tanto, la que ha de imponerse. Te refieres -¡natural!- a vuestra «clase política». Teóricamente, cualesquiera luchan por una nación mejor y por el bien de sus ciudadanos. Si dijeran verdad, si esa fuera su meta final, en algún momento de su andadura coincidirían en algo. Salvo en la Transición, ese encuentro no se ha dado casi nunca. No es que opten por caminos disímiles, sino incluso por rutas opuestas. Y, no contentos con esa incapacidad de ejercitarse en el sabio arte de la concesión y el pacto, optan incluso por vilipendiarse a lo largo del trayecto. Los insultos proferidos a Irene Montero te parecieron vomitivos, como también abyecta la reciente afirmación de la citada ministra de que el PP promovía la cultura de la violación, una afirmación de enorme gravedad. Y es que no aprenden. Tal vez sería más coherente, por tanto, que las sesiones parlamentarias se celebraran, a partir de hoy, en un cuadrilátero. Saldrían sus señorías ganando porque, con frecuencia, tardan más en sanar las heridas «morales» que las «físicas». Y ya puestos, que los señores y las señoras diputados y diputadas tuvieran a bien escupir en el suelo, como hacen los que se ejercitan en el, para ti, incomprensible «deporte» del boxeo. A la postre, hay una riquísima tipología de escupitajos, siendo los materiales los más fáciles de limpiar…

Luego, concluida la batalla, asedadas o semi asedadas, sus señorías descubren, anonadadas, perplejas, que la opinión que sobre ellas tiene la ciudadanía es pésima y, atónitas, aniñadas, se preguntan el porqué, un porqué que tendría que ser retórico desde hace décadas…

¿Dónde anida su ejemplaridad?

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Puede que vuestros representantes, antes de prometer o jurar lo que luego, tarde o temprano, vulnerarán con descaro, debieran darle un buen y aleccionador repaso al refranero popular. Para entender que en la sede de la soberanía popular «el río revuelto (no puede ser) ganancia de pescadores», ni las cosas han de hacerse «a ojo de buen cubero», ni es lícito el «ande yo caliente y ríase la gente», ni el «aquí estoy y aquí me quedo», ni un «bajarse los pantalones», ni «buscar (siempre) cinco pies al gato»… Que –sigues- no es de recibo «cambiar de chaqueta» o «colgar sambenitos» o «calumniar, que algo queda» o persistir en el error «caiga quien caiga» o escuchar propuestas sensatas «como quien oye llover» o «dar gato por liebre» una vez celebradas las elecciones o el «dime con quién andas y te diré quién eres» o…

El respeto se conquista, no se regala -señala el acervo popular. Si la clase política anhela obtenerlo que se muestre eficaz, trabajadora, altruista y educada. A saber: que no «se le caigan los anillos» por excusarse; que trabaje «a brazo partido»; que aprenda a «consultar con la almohada»; que luche «contra viento y marea» por los desheredados de la sociedad y no por su status personal; que intente erradicar la creencia de que «del dicho al hecho hay un largo trecho»; que asuma que «errar es humano y perdonar divino»; que comprenda que, en ocasiones «sí que hay que pisar la manguera, aunque sea entre bomberos»; que acepte que «lo cortés no quita lo valiente»; que «lo prometido es deuda» y que es una falacia lo de que «no hay mejor defensa que un buen ataque».

Si esa regeneración política se produjera, «otro gallo os/les cantaría» y un pueblo agradecido dejaría de pronunciar, a la hora de abstenerse en unas elecciones, aquello tan tristemente manido de que «son los mismos perros, pero con distintos collares». No deben, no pueden serlo. Algo vital para la salud de un sistema democrático. Especialmente en España. Porque ese sistema democrático se os hurtó durante siglos, demasiados…