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Uno no es que pida grandes autopistas con destino al infinito para guiar los pasos, me conformo con un cómodo y familiar camino que me lleve a mi destino sin sobresaltos ni piedras con las que tropezar continuamente, vamos ese camino de siempre que un día elegiste porque es el que más se ajustaba a tu forma de ser y que te enseñaron tus abuelos y tus padres. Pero no, mi camino como el de muchos otros un día aparece vallado, con letreros de prohibido el paso y con aviso de que va a ser borrado del mapa, de tu mapa claro.

Y en menos que canta un gallo te aconsejan, te desvían por otra ruta, un camino desconocido que no te gusta y al que no se amoldan tus pasos ni tu ritmo, por el que ni siquiera te han invitado a descubrir previamente y mientras vas caminando por él medio desorientado, te vas encontrando contenedores con extraños carteles sobre ellos: «Tire aquí su mascarilla que ha estado utilizando en los transportes públicos porque ya no hay covid ni gripe que aconseje utilizarlas», manuales sobre el planteamiento de algunas leyes mal elaboradas como que dejan al delincuente casto y puro y al inocente menos protegido, estadísticas de violadores con un pie en la calle, como inventar la sopa de ajo, etc, etc. ¿Y qué haces tú, infeliz caminante que te han dejado sin tu camino de rosas y abocado a conducir tus pasos por vías que no elegiste, repletas de socavones? Y es cuando te das cuenta que solo te quedan dos opciones, seguir por ese camino a ciegas y que caiga quien caiga o sentarte en el arcén a la espera de que pase algún buen samaritano que te rescate y te oriente.