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No sé si te pasa a ti que, a estas alturas del año, echas en falta un poco de calma. Quiero decir que todo el mundo se tranquilice, que las cosas se apacigüen, que nos centremos en disfrutar sin que nos encabronen a las mínimas de cambio. Que todo el ruido que nos envuelve se silencie para que las preocupaciones más importantes sean si tenemos suficiente hielo en la nevera, cuántas personas vendrán a la barbacoa del sábado o de dónde sopla el viento para elegir playa. ¿Me entiendes?

Nos han instalado en una especie de enfado constante entre los que hacen las cosas de una forma, los que dicen que las harían de otra totalmente contraria y los que ni uno ni lo otro. Vivimos con una especie de voz interior que nos chincha a base de titulares de noticia que te hacen enfadar porque no es lo mismo que te tomen como tonto que de verdad se piensen que eres tonto. O tonta.

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Por eso, ahora, iría de lujo un poco de calma. Que se hablase menos, que se hiciesen menos cosas… «És tan important estar com no molestar», dice un buen amigo mío. Pues eso, no molestar. Porque conviene que recarguemos pilas a base de bañitos y rayos de sol para que luego el puñetero otoño y el invierno nos pille con suficientes reservas de paciencia o de lo que sea que nos impulsa a seguir remando cuando no apetece.

Imagínalo por un rato, que te levantas y nada de lo que te perturba lo hace. Que te invade y te rodea una sensación celestial de que todo está bien, de que nada molesta y hasta casi todo te da un poquito igual. Sin que te hayas muerto, claro, que así no tiene gracia.

Pues eso sería lo que nos iría muy bien, calma. Que pudiésemos tomarnos la vida con más humor y menos malhumor. Si no sabes a lo que me refiero, abre cualquier periódico o mira cualquier telediario y lo entenderás. Nos bombardean con acusaciones de quién tiene razón y quién no, mientras de fondo se van disimulando problemas que deberíamos parecernos más importantes. Pero no importa. O no quieren que importe.