Lo bueno de lo malo y viceversa
Mucha gente parece convencida de que no hay mal que por bien no venga, y dada la antigüedad de esta sentencia, con versiones en casi todos los idiomas, este convencimiento no es cosa de ahora. Sin embargo, he de admitir que yo nunca he visto claro qué es lo bueno de lo malo, y no solo porque, viceversa, implica lo malo de lo bueno (más obvio desde que el depravado Marqués de Sade escribió Justine o los infortunios de la virtud), sino porque nunca consigo percibir esos supuestos bienes que brotan del mal. De hecho, las disquisiciones y discusiones acerca de lo bueno de lo malo y lo malo de lo bueno son mucho más antiguas que el refrán mencionado, y no pocos filósofos y sabios desde antes de Sócrates dedicaron su vida a estudiar este vidrioso asunto, que es como un monstruo roedor enquistado en el cogollo mismo de la moral, así como a intentar determinar cuánto mal es aceptable a cambio de algún bien futuro, y cuándo no conviene hacer el bien en evitación de males mayores. En realidad, ahora que caigo, se trata del problema intelectual por excelencia, naturalmente irresoluble, por lo que la solución es que allá cada cual con su dilema.
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