Malentendidos
Estos días se habla de Íñigo Errejon. Yo no voy a hacerlo, porque no me apetece. El hombre se retrata a sí mismo. Sin embargo quiero reflexionar o divagar sobre algunos temas, surgidos a raíz del caso Errejón. Los abusos sexuales a mujeres siguen estando desgraciadamente a la orden del día. En todas las geografías y en todos los estratos sociales. Nos llenamos la boca con la palabra «consentimiento», añadiéndole matices y aclaraciones. El problema es que, aunque las palabras tienen un significado en los diccionarios, en la vida real las cosas cambian. Eso ocurre con el consentimiento. Para muchos el verbo «consentir» no tiene vuelta atrás. Me explico: nadie marca la duración en el tiempo de una acción verbal. Yo como una tarta, por ejemplo, pero cuando no quiero más dejo de comer. Incluso si solo he dado un bocado. Yo leo un libro y detengo su lectura, aunque solo haya leído media página. Si voy a una fiesta y decido retirarme a los pocos minutos, no tengo por qué dar explicaciones a nadie. Todos aquellos actos que dependen de mi voluntad (que hago por libre elección) no me obligan a nada. Tengo todo el derecho del mundo a cambiar de idea. Esta afirmación tan simple parece incomprensible para muchos.
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