Blindados rusos destruidos en la plaza Mykhailivska en el centro de Kiev. Las tropas rusas traspasaron la frontera el 24 de febrero, lo que dio pie a semanas de combates que han destruido el país de Europa del Este y a severas sanciones económicas a Rusia por parte de los países occidentales. | Reuters

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Este martes, 24 de mayo, se cumplen exactamente tres meses desde que Vladímir Putin diera la orden y volvieran a Europa los días de la guerra. La invasión rusa de Ucrania, que él llamó «operación especial contra el nazismo» remanente en el país vecino y que pretendió que fuera relámpago, corre un cierto riesgo de cronificarse, y constituir una sangría sin precedentes para los intereses del Kremlin. Una especie de nuevo Vietnam en pleno siglo XXI y muy cerca de los principales centros de poder del Viejo Continente. ¿Cómo ha cambiado el mundo en apenas noventa días de tensión e incertidumbre?

Antes que nada, es preciso repasar los principales acontecimientos que han marcado la guerra en Ucrania en este tiempo. El avance de las tropas rusas en suelo ucraniano capturó en los primeros compases objetivos nucleares así como importantes objetivos estratégicos alrededor de Kiev, Mariúpol y Járkov, las principales urbes del país que, a diferencia de en otros momentos históricos, planteó una resistencia a gran escala de la mano de su presidente, Volodímir Zelenski, quien a nivel internacional se ha granjeado una imagen de político expresivo y audaz, que contrasta fuertemente con la monolítica e inexpresiva actitud de Putin. Con las bombas resonando día y noche en la capital se organizaron redes de refugios y milicias urbanas, y las propias autoridades aconsejaron a la población sobre cómo defenderse con cócteles molotov.

Poland's President Duda and Ukraine's President Zelenskiy arrive a meeting in Kyiv
Zelenski recibe la visita del presidente polaco en Kiev. Foto: Reuters.

En este momento ya se había iniciado una de las peores tragedias de la guerra de Ucrania. Millones de mujeres, niños y ancianos se dirigían con desesperación hacia el oeste, buscando la seguridad arrebatada de sus hogares más allá de la frontera. Las autoridades internacionales calculan en cerca de diez millones las personas que han salido de Ucrania. Los datos no dejan lugar a duda. Millones de desplazados en toda Europa, con Polonia y Moldavia encajando la mayor parte del golpe migratorio. Los muertos se cuentan por miles, muchos de ellos militares pero también un número destacado de civiles que perecen bajo los misiles y las bombas. Cientos de niños han fallecido en el transcurso de estos tres meses de combates tras la invasión de Putin.

En contra de lo que pareciera pasaron los primeros días, la primera semana y luego la primera quincena y la guerra urbana nunca llegó a Kiev. A pesar de que los tanques se situaron a pocos kilómetros del centro histórico no se produjeron avances significativos, y las líneas de suministro y de comunicaciones se restablecían una tras otra; una capacidad de reponerse en gran medida facilitada por los envíos generalizados de material militar por parte de Occidente. En cualquier caso otras muchas poblaciones ucranianas sufrieron la ocupación rusa, que básicamente se centró en tres zonas.

A view shows newly-made graves at a cemetery outside Mariupol
Un campo repleto de tumbas cerca de la ciudad de Mariúpol, en orillas del mar de Azov. Foto: Reuters.

Los días se acumularon y también los muertos. El frente norte de la capital ucraniana se resistió a caer y Putin empezaba a darse cuenta de que se había metido en algo mucho más farragoso de lo que creía. Entonces los estrategas del ejército ruso decidieron variar la estrategia, centrarse en su objetivo de someter todo el sur ucraniano para establecer un corredor seguro entre la península de Crimea y el Donbás y Mariúpol pasa a verse como el elemento clave, un botín sin el que Rusia no va a contentar a sus facciones en las regiones de Lugansk y Donetsk. Allí precisamente entran en liza las milicias chechenas de Ramzán Kadyrov, señor de la guerra con un negro historial a sus espaldas y presidente omnímodo de la región caucásica asociada a Moscú.

En todo momento planea una cierta amenaza de fondo: el peligro de que un ataque desmedido provoque una reacción en cadena que acabe dando lugar a una Tercera Guerra Mundial. En todo caso la retirada de las tropas rusas para centrarse en el sur y el mar de Azov y reforzar las posiciones rebeldes en el Donbás deja a la vista los horrores de la guerra en numerosos enclaves como Bucha, en el Óblast de Kiev, que en este momento quedarán marcados para siempre con escenas dantescas de matanzas indiscriminadas y fosas comunes. A pesar de las condenas internacionales, los efectos de las sanciones que producen un éxodo destacado de empresas y los pronunciamientos de los líderes políticos, el ejército ruso sigue bombardeando, con artillería desde tierra, por mar y desde el aire.

Destroyed Barabashovo market in Kharkiv
Imagen de destrucción en un mercado local en Járkov. Foto: Reuters.

Ucrania también se revuelve y tras reconocer la pérdida de la estratégica Mariúpol, desde donde resistió lo indecible la planta Azovstal, en el puerto, contienen el avance de Rusia alrededor de Járkov, la segunda mayor ciudad del país, y las provincias rebeldes prorrusas del este. Este es el punto en el que nos hallamos ahora, a tres meses vista del inicio de las operaciones militares, con pérdidas muy significativas en territorio, infraestructuras y vidas de Ucrania, la parte agredida en la actual coyuntura bélica por decisión unilateral de Putin.

Tal vez uno de los factores más determinantes en la forma en la cuál ha cambiado el mundo la guerra de Ucrania sea la visión que de la propia guerra tienen en Rusia, donde muchas personas se escandalizaron al principio, pero la propaganda ha ganado terreno y decisiones como la expulsión de medios de comunicación internacionales fomentan que la contestación no sea destacada. Es más, últimamente ha crecido la represión hacia el cuestionamiento de la versión oficial. Sin embargo algunos diplomáticos y oligarcas ya han alzado la voz. Miles de ciudadanos han salido del país en las últimas semanas, especialmente con destino a Serbia, para prevenirse de las consecuencias que la derivada autoritaria y militarista de Putin puede generar sobre sus ciudadanos. ¿Y qué queda por venir, más allá del más que previsible empobrecimiento mutuo por las consecuencias económicas derivadas de las sanciones?

Lo cierto es que el ambiente en el marco de la política internacional no se presenta halagüeño. El conflicto entre dos de los principales productores de cereal o maíz del mundo amenaza con provocar una hambruna de dimensiones destacadas. Por si fuera poco todo el mundo quiere poner el foco en sus necesidades en clave de seguridad internacional, de ahí que por ejemplo se retomen las preguntas y comentarios sobre Taiwán, una cuestión siempre inquietante para China y Japón. Asimismo Corea del Norte no ceja en su carrera armamentística y se ha roto la neutralidad en el Báltico, confiriendo un grado más de inestabilidad a toda Europa, que tras la jubilación de la canciller Angela Merkel tal vez adolezca de liderazgos creíbles en la escena internacional. Con todo, posiblemente quede mucho por ver todavía.