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Tenerife vuelve a verse sumida nuevamente en el infernal incendio que en agosto asoló la isla. Casi dos meses después, las llamas se han reactivado y 3.200 personas han tenido que ser evacuadas nuevamente, mientras el número de hectáreas calcinadas continúa engrosándose. El archipiélago contribuye así a la delicada situación de Europa, pues el Mediterráneo, entre sequías y olas de calor, ha visto como gran parte de sus parajes naturales han sido devorados por las llamas este 2023.

Grecia, a la cabeza, con 174.000 hectáreas arrasadas; España con 85.000 e Italia, con 89.000 (según los datos del Sistema de Información Europeo de Incendios Forestales (EFFIS), han protagonizado la crónica negra de los meses estivales en los que más de una veintena de personas ha muerto, algunas han perdido sus viviendas y cientos de animales y vegetación han perecido dando paso a un negro desierto de ceniza.

Una vez extinguido el fuego, solo quedan cientos de miles de hectáreas calcinadas, pero el trabajo no termina ahí, aún queda por hacer una tarea indispensable. Ahora comienza la recuperación del terreno, una tarea en la sombra que no abre telediarios, pero que, al igual que las labores de extinción, resulta fundamental.

Pero, ¿cómo se lleva a cabo la regeneración de los bosques calcinados? Los expertos aseguran que proteger y cuidar el territorio de forma temprana es una labor fundamental para conseguir una pronta recuperación y rehabilitación del lugar.

Primera evaluación del suelo

Lo primero que debe hacerse para saber cuán graves son las consecuencias de un gran incendio es una evaluación del terreno. Esta comienza con un estudio para conocer la magnitud del daño que ha sufrido el suelo, un elemento sobre el que "se cimentan los ecosistemas", explica a 20minutos Serafín González, investigador científico para la Misión Biológica de Galicia del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Si "se conservan ramas muy finas y hojas" y se distingue su forma, el suelo no está muy afectado. Si el incendio es muy severo, lo único que queda es una "masa de cenizas grisáceas que se lleva el viento". Por contra, si lo único que se puede distinguir es la tierra desnuda, entonces "los daños han sido muy devastadores", asegura González.

Tras realizar esta primera inspección, los expertos habitualmente trazan "un mapa de severidad para saber donde actuar y donde no". En la mayoría de los casos la zona calcinada suele "presentar un mosaico de diferentes variedades de quema de suelo y vegetación", lo que provoca diferentes ritmos de recuperación del terreno.

Cuando este queda muy afectado sufre "una pérdida de biodiversidad", explica a este medio J. Hernández, miembro de la Asociación Española de Agentes Forestales y Medioambientales (AEAFMA). Como consecuencia, "ya no retiene la misma cantidad de agua y pierde el mantillo y el hummus", propiedades básicas para mantener en condiciones adecuadas del ecosistema.

Este daño, lamentablemente, puede provocar una serie de consecuencias mayores: el agua, "en vez de filtrarse por este suelo, va ladera abajo pudiendo agravar las inundaciones, arrastrando cenizas", afectando a cursos fluviales, embalses o lagunas y mermando también su fertilidad, clave para el ecosistema.

Asimismo, también puede generar una "menor capacidad de absorción de agua para la recarga de acuíferos, o para regenerar el ecosistema", asegura Hernández. Esto, "si no se trabaja, puede generar zonas desertificación" provocando la pérdida total del suelo.

Regeneración y recuperación

Para que un incendio no afecte tan gravemente, los expertos aseguran que se debe tratar el terreno quemado como si de una herida se tratara, detalla González: hay que "protegerlo para evitar roces". En el caso de los incendios leves, la capa compuesta por las hojas y pequeñas ramas quemadas actúa de barrera protectora -como la costra-, evitando así que el agua de la lluvia u otros fenómenos puedan erosionarlo haciendo que pierda sus propiedades.

Cuando los daños son más profundos, el humano debe crear este manto de forma 'artificial' para que el suelo esté protegido -al igual que cuando el médico nos cura una herida profunda-. Para ello habrá que 'abrigar' la zona afectada con "un alfombrado de paja, de serrín o de material vegetal" para preservar el terreno, y evitar así mayor deterioro.

Para esta tarea, las cenizas de toda la vegetación quemada son de gran protección para el suelo, pues "contiene una gran cantidad de nutrientes", lo que puede ayudar a la vegetación a que crezca con mayor rapidez. En este proceso de repoblación, también "puede dar buen resultado la siembra de plantas herbáceas", detalla González, pues crecen rápido y al estar a ras de suelo protegen de forma efectiva la tierra fértil. Sin embargo, "plantar árboles y arbustos no tiene sentido", pues tardan mucho más en crecer y "no da tiempo a proteger el suelo".

A pesar de la labor de los agentes forestales, la reparación del terreno depende de otros dos factores: el tipo de flora y la orografía del lugar. Según la zona geográfica en la que se produzcan las llamas, la vegetación puede estar compuesta por especies "rebrotadoras o germinadoras".

Si la región está habitada por "pino canario, robles o eucaliptos", la zona se repoblará pronto, ya que este tipo de vegetación se recupera rápidamente, pues tienen facilidad para "rebrotar de tronco". Si, por contra, la zona está compuesta por cereales, leguminosas, maíz o trigo, su recuperación será mucho más lenta, pues para su crecimiento tienen que "germinar las semillas".

La orografía también juega un papel fundamental, pues las fuertes pendientes o los desniveles en el relieve pueden suponer un factor de riesgo para la erosión del suelo, ya que, en el caso de lluvias o tormentas, el agua puede correr ladera abajo dañando la tierra.