La heroína, conocida bajo el nombre de caballo, fue una epidemia a finales de los ochenta y principio de los años 90. | Efe

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Que Pepín Lubina alter ego de José Colomar, y Miguel Ángel Cordero puedan leer este miércoles su propia historia en este periódico significa que la heroína ya no corre por sus venas, que ahora ven esta droga desde la lejanía y que han llegado a un punto en que contar sus vidas puede ayudar a mucha gente a entender que de todo se sale, menos de la tumba. Y es precisamente ahí donde casi les lleva esta adicción.

Son dos historias tan distintas, pero a la vez tan comunes, que los entrevistados proyectan en sus relatos aquella Mallorca –y España– de finales de los ochenta, cuando no era bien visto no probar ciertas drogas y la mayoría de personas enganchadas robaba para asegurarse su consumo diario. Así fue, por ejemplo, la vida de Pepín hasta sus treinta y pocos, cuando decidió pasarse a la metadona para, poco a poco, dejar de ser dependiente del caballo, una verdadera epidemia que dejó centenares de muertos en nuestra Isla -«Yo he visto morir a amigos», contará en líneas inferiores en su historia-.

Miguel Ángel, a quien la vida le sonríe desde que montó su propio negocio de trabajos verticales, también es conocedor de primera mano de los efectos de la cocaína. Su consumo lo llevaba en secreto, porque el trabajo (casi) nunca le faltó, pero todo en su vida se vino abajo cuando le pillaron traficando con drogas. Eso le costó 18 meses en prisión. Hoy, los técnicos de las Unidades de Conductas Aditivas  (UCA) vuelven a detectar consumo de heroína en la vía pública. Aunque no es una droga que haya venido para quedarse. Lejos queda lo que en su día fue la epidemia de esta droga, consumo en el que pocos se adentran de primeras.

Datos

La heroína, conocida bajo el nombre de «caballo», dejó de ser epidemia a finales de los ochenta y principios de los años 90. Hoy en día representa el 7 % del total de usuarios que acuden a Projecte Home para tratarse de la adicción. En el año 1987, esta entidad abrió sus sede en Mallorca con el objetivo de combatir la fuerte consumición social de aquella época.

Guillermo Fernández, director del programa Ítaca.

Guillermo Fernández, director del programa Ítaca, rememora aquel escenario, «todo un reto» para Projecte. «En los noventa solo teníamos tres centros, donde básicamente se atendía a personas con la adicción a la heroína. Hoy, tenemos casi 60 dispositivos y tratamos más adicciones», explica. El perfil actual es muy distinto, como también su tratamiento. El coordinador de las unidades de conductas aditivas (UCA), Toni Zamora, asegura que es un «grupo estable», de entre 40 y 50 años, es decir, pocos nuevos perfiles y muchos antiguos consumidores.