Eva García, en Son Espases. | Jaume Morey

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«Tengo un trastorno del neurodesarrollo. Mi cerebro procesa las cosas de una manera diferente a la del resto, lo veo todo desde otra perspectiva. Es como si tuviéramos un sistema operativo diferente: yo soy Android y vosotros IOS». Eva García tiene 49 años, y hasta ahora no lo había visto tan claro. Hace apenas tres meses que la diagnosticaron de autismo aunque «ya lo sospechaba porque me veía identificada en muchas cosas de las que hacía mi hija (quien también tiene TEA, un trastorno del espectro autista)», reconoce.

Por suerte la experiencia es un grado y «he podido ayudar porque muchas veces la he entendido», añade. Sin embargo ha tenido que tener una hija y pasar otros 15 años para que muchas piezas de su experiencia vital cobraran sentido y encajaran. «Siempre he tenido conflictos, sobre todo en el trabajo, porque allí hacían cosas que igual estaban bien vistas socialmente pero que no cumplían las reglas y yo no lo entendía», ejemplifica.

Eva es auxiliar de cuidados de enfermería y en la residencia en la que trabaja «veía cosas que no me parecían éticas y protestaba», relata. El hecho de cumplir las normas a rajatabla o el de no tolerar las injusticias es uno de los síntomas más comunes del autismo. «Si faltaba material me quejaba, incluso terminé denunciándolos a Inspección de Trabajo», recuerda ahora.

Con el diagnóstico ha hallado las explicaciones que necesitaba y ha podido pedir una adaptación a su puesto laboral, para así «no entrar en conflictos». Reconoce que «cuando me pongo en modo defensa puedo parecer estúpida, pero es que me enmascaro mucho para encajar entre los demás y si no me disfrazara ya me habrían expedientado», añade.

Como presidenta de la Asociación balear de Asperger lamenta que, como le ha pasado a ella, hay muchos adultos sin diagnosticar y a ellos les dirige una serie de consejos: «Si los hijos lo son que se lo miren, no es hereditario pero es muy probable; además los TEA somos defensores de la justicia, cabezotas; hacemos una comprensión literal de las cosas, por lo que nos cuesta pillar las bromas o los refranes...». Esto tan mallorquín de «ya te diré cosas» o el hecho de decir «mañana te llamo» y luego no llamar, es incomprensible, «a mí me genera ansiedad». Por eso el diagnóstico ha sido liberador, con él ha podido pasar página, entender muchas cosas.

A la hora de conducir, por ejemplo, «no entiendo que la gente cruce si está rojo o si no hay un paso de peatones. Y si me quejo cuando no se cumplen las normas, encima me pitan a mí», relata. «Vivimos en una sociedad en el que el que se equivoca está bien visto y los que exigimos que se hagan bien las cosas, somos los problemáticos».

Eva García nació en Sóller. Tenía a sus amigas de siempre entre las que encontró cierto confort, aunque también «iba mucho a mi rollo». Su infancia no fue muy diferente a la del resto pero sí recuerda que a los 20 años o así «invitaba mucho a la gente a tomar algo para que me aceptaran, porque me sentía la pesada del grupo», explica añadiendo un: «ahora me doy cuenta».

Ser conocedora de su trastorno no la lleva a olvidarse de la primera de sus grandes reivindicaciones como madre de una TEA. «Hay que ayudar más a los padres para que sepan tratar a sus hijos», incide. Asegura que la administración debe de ir de la mano con la familia y Educació y pide más recursos para las unidades de salud mental. «Tardaron cuatro años con el diagnóstico de mi hija y muchos me dieron la culpa a mí, como si no le hubiera puesto yo los límites», lamenta.