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Mientras a nuestro mejor tenista le robaban un reloj de 400.000 euros. Mientras tenemos el entrenador de fútbol mejor pagado del mundo. Mientras los futbolistas de nuestra selección cobran una prima de 300.000 euros por ganar la Eurocopa (la prima por ganar el Mundial de Sudáfrica fue de 600.000 euros).

Mientras el Barcelona ficha a Jordi Alba por unos 15 millones de euros.

Mientras los presupuestos del Real Madrid y el Barcelona se acercan a los 500 millones anuales. Mientras Pau Gasol cobra cerca de 20 millones de euros por temporada. Mientras Fernando Alonso gana unos 22 millones de euros y Jorge Lorenzo uno 10 millones.

Mientras todavía hay personas que pagan más de 100 euros por la entrada a un partido de fútbol. Mientras se siguen vendiendo equipaciones deportivas de las diferentes selecciones, o clubes, por más de 150 euros. Mientras Rudy Fernández cobra unos 3 millones de euros por jugar en la ACB (en la NBA ganaba casi la mitad). Mientras Madrid se gasta cientos de millones en conseguir unas Olimpiadas que parece que nunca llegaran (el cartel de las chanclas de playa no ayuda mucho).

Mientras todo esto esta pasando, el equipo de volei femenino campeón de España debe renunciar a la Superliga, el único club menorquín de Segunda B de fútbol entra en estado vegetativo, el buque insignia de nuestro deporte insular renuncia a la ACB y posiblemente pueda desaparecer, los clubes de cantera peligran en mayor o menor medida, y muchos sobreviven por la aportación altruista de padres, entrenadores y directivos.

Pero no sólo en nuestra isla, el León renuncia a la Leb oro, el Canarias a su ascenso a ACB, el Puertollano, Denia, Ceuta y Badajoz de fútbol bajan de Segunda a Tercera por impagos, el Ros Casares, campeón de Europa de basket femenino, anunció su disolución, el Torrevieja renuncia a la Liga Asobal de balonmano por falta de dinero, en definitiva, una larga lista de renuncias, y de personas que se van a la calle.

Mientras todo esto está pasando en el deporte, queridos lectores, también está pasando en la vida. Mientras unos poquitos se lo llevan absolutamente todo, el resto intenta sobrevivir en la miseria. Pero ya saben, cuando todo se vaya al carajo, o aún más lejos, algunos seguirán gritando: ¡oé, oé, oé!.