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Ya pueden llover miles de móviles inteligentes e iPads del cielo que el hombre, en cuanto a comunicación se refiere, es un ser angosto. Se disfrace de lo que se disfrace, un circuito de transmisión verbal/visual solo requiere de un emisor y de un receptor. O lo que es lo mismo: dime qué quieres y veré si merece mi atención como para responderte.

Bien es sabido que la capacidad de reacción ha variado en celeridad. No es lo mismo esperar a llegar a casa -atasco mediante- para telefonear a tus amigos desde el fijo, que whatsappear en vivo y en directo y decidir el plan del viernes noche sobre la marcha. Eso sí, tampoco cabe aguardar discursos elocuentes, pues la tecnología en cuanto a lenguaje culto, de milagrosa no tiene nada.

Volver conduciendo a media noche mientras se escucha la tertulia radiofónica de turno, es uno de los pocos placeres de intercambio primitivo que nos quedan. Y digo lo de primitivo porque imaginarse el corrillo de conversadores en un estudio de mala muerte de Bollullos del Condado, es demasiado esfuerzo para una sociedad obcecada por tener el mundo en sus manos, y a ser posible en una pantalla de diez pulgadas.

A lo que iba. La reportera cuestionaba a una científica de renombre -o al menos, de no tenerlo, parecía sacada de la alta alcurnia empírica- sus dudas sobre el marchitar celular. "La vejez es la enfermedad de las enfermedades, la que da pie a todo tipo de patologías", acentuaba la investigadora.
Atrevimiento o no, la vejez no me parece, en primera instancia, el problema sino más bien el resultado de nuestra obsesión por el tiempo. Espacio infinito descrito, pero insondable para una miopía intelectual. Acotar las manecillas de días, meses y años implica la conformidad. El principio del fin. Un calendario que imposibilita incluso la esencia de esa comunicación citada que, aunque primitiva y angosta, provoca curiosidad.

Preguntas sin respuesta. Reflexiones gratuitas, en un frente perdido, entre trincheras ficticias y enemigos inventados y fantasmagóricos. Hombres limitados -que no destinados- a una realidad única hoy subyugada a miles de móviles inteligentes e iPads que pese a caer del cielo no producen el fisgoneo tosco que antes movía montañas y que hoy solo demanda megapíxels.

Añorado octubre: no sé si me escuchas, pero no hace falta que vengas. Esfúmate del calendario que para mi, el tiempo (la enfermedad de las enfermedades) ya no existe.