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No se esperaba que le llovieran tantas críticas en las redes sociales. Enrique Peña Nieto, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) para las próximas elecciones presidenciales de México, previstas para julio del próximo año, saltó recientemente a la actualidad periodística por el hecho de que en un acto celebrado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara no supo dar tres títulos de sendos libros que por alguna razón le hayan marcado en su vida; aunque al final intentó salir del apuro y citó la Biblia como una de las obras que más le han influido.
Hasta aquí la anécdota escueta. Lo malo es que a veces ciertas anécdotas se magnifican, se incurre en el exceso y no tarda en aparecer la descalificación y el insulto. En el caso de Peña Nieto no ha faltado una deriva política que considero sencillamente lamentable. Así, el ministro mexicano de Trabajo, Javier Lozano, aprovechó para atacar al político del PRI y tildarlo incluso de ignorante: "Enrique: el tema que nos ocupa es muy concreto. Tu brutal ignorancia ofende y amenaza. Celebro que te hayas exhibido tan pronto".

Medios informativos y redes sociales se encargaron de difundir el incidente literario protagonizado por Enrique Peña, incidente menor que sin embargo tuvo una repercusión más amplia de la que podría calcularse ante la dimensión y celeridad que ha adquirido hoy día el mercado de la información continua. Las actividades de la Feria Internacional del Libro, considerada la más importante del mundo hispano, quedaron de repente en un segundo plano. Los periodistas que cubrían la visita de Enrique Peña al certamen prefirieron sacarle jugo a la anécdota, explotarla al máximo y navegar por el mar de la superficialidad. Como se hace desgraciadamente tantas veces en el oficio de informar.

Que esta es una primera cuestión que quiero plantear en este artículo: Mal asunto cuando el periodismo opta por bañarse en el mar de la superficialidad y no se zambulle en las profundidades de unos hechos sobre los que el lector exige más datos y más análisis. Ya sé que el periodista se excusará en más de una ocasión en la falta de tiempo y en que en una mañana tiene que realizar una entrevista y asistir a dos ruedas de prensa. Lo que no me parece justificable es mantenerse en la superficie por pura comodidad, casi por rutina. Y si los jefes de turno no activan alarma alguna, al día siguiente muchos periodistas seguirán nadando en las aguas superficiales.

Es cierto, por otra parte, que el mundo de la política acostumbra a mostrarse reticente o claramente a la defensiva cuando se teme que determinadas propuestas de investigación periodística pueden resultar perjudiciales en términos de credibilidad, se trate de un partido o de unos dirigentes políticos. Aunque siempre hay excepciones, faltaría más. Salir en los medios para lucirse es otra historia; lo normal es que siempre se den facilidades.

En la vida cotidiana es fácil cargar las tintas cuando ocurren casos como el del mexicano Enrique Peña. Aunque muchos de los críticos saben por supuesto que abundan los lectores de tapas y solapas, y abundan en todas partes. Es un fenómeno bastante extendido. No hay que engañar ni engañarse. Quiero decir que entre la clase política hay sin duda miembros que no han abandonado su afición a la lectura y a la buena literatura por el hecho de haber asumido unas responsabilidades públicas ante la sociedad. Y existen asimismo políticos cuya aproximación a la literatura no traspasa –¿quizá también por falta de tiempo?– las solapas de los libros. Son otros bañistas en el mar de la superficialidad. Políticos que con tal de salir en la foto –sea en el periódico, en la radio o en la televisión– acceden amablemente a ser entrevistados para hablar de temas ajenos a la política o que no ponen pega alguna para dar respuesta a cuestionarios periodísticos en los que se pregunta, entre otras cosas, sobre el plato favorito, si es hincha de tal o cual equipo de fútbol, sobre las películas preferidas o sobre el libro que le espera cada noche en su mesita de ídem.

Y hago adrede punto y aparte porque en torno a esta última cuestión quisiera resaltar que la sinceridad –más que la espontaneidad– en las respuestas es fundamental al objeto de preservar la credibilidad del político entrevistado. Porque sería inadmisible que afirmara que le encanta la sabia prosa de Miguel de Cervantes y que lleva leídas más de cuarenta páginas de "Don Quijote de la Mancha" cuando, en realidad, en su mesita de noche solo hay una pequeña lámpara y una radio-despertador a través de la cual escucha, muy concentrado, "El larguero" de José Ramón de la Morena. Hasta dormirse, vencido por su agotadora jornada, una más, al servicio de la ciudadanía.