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Aunque cuenta con selvas y praderas de montaña, África evoca el desierto, inmensas regiones áridas o semiáridas, donde hay que correr persiguiendo animales, buscando agua, ganándole terreno a la oscuridad, sobre todo si se es mujer, para ponerse a salvo de la noche, en la que los ruidos, el mugido y el balido de los animales sirven de guía bajo un cielo frío tachonado de estrellas.

África es también extraordinarios recursos naturales, guerras tribales, corrupción, hambruna, sida, pobreza, costumbres milenarias, inmigración, orgullo, esperanza y tierra de misión. 23 años ha estado allí, concretamente en Etiopía, el padre José Martín (Alcalá la Real, Jaén, 1955), misionero de la Consolata, quien no duda en afirmar que "no tenemos conciencia de la labor de la Iglesia".

Una labor, a su juicio, de mayor calidad si se compara con la que desarrollan diferentes organizaciones no gubernamentales u organismos internacionales por una cuestión básicamente temporal. "Los voluntarios son lo mejor que tenemos en nuestra sociedad pero las entidades a las que se vinculan no se pueden permitir que conozcan la lengua, la tradición y la situación de un país", explica Martín.

Frente a ellos, los misioneros cuentan con una baza fundamental, la de la permanencia. "Nosotros no vamos por un periodo limitado y nuestras congregaciones o institutos pueden esperar un tiempo para que nos manejemos bien en el país o la zona porque si no respetas sus tradiciones y su cultura, tampoco te van a respetar allí", argumenta el misionero de la Consolata, de visita en Menorca para compartir sus testimonio.

Quizá sea esta paciencia a la hora de formar a los misioneros, la misma con la que se abordan los proyectos, cuyas riendas sólo son asumidas por las comunidades eclesiales locales cuando éstas están preparadas para ello, la que ha procurado a la Iglesia católica la admiración en África, donde la religión musulmana es mayoritaria, y una adhesión creciente puesta de manifiesto en el crecimiento del catolicismo en este continente, entre 2000 y 2008, cifrado en un 33 por cien.

"En Etiopía, pese a que sólo el 0,7 son católicos, la católica está considerada una de las grandes religiones por la actividad social que desarrolla y su prestigio, superando con creces las iglesias ortodoxas y protestantes", presume Martín. Esta consideración facilita que los misioneros católicos animen y guíen a las iglesias locales en tareas tan determinantes como la promoción de la mujer - "es fundamental en África", apostilla Martín- o la formación de líderes- "imprescindible para el futuro de estos países y que tengan una base o valores cristianos no tiene precio", añade.

Permite, además, su lucha sin tregua por la igualdad y por mejores perspectivas para las generaciones futuras. "Tenemos un desafío muy fuerte en todo el mundo. La pobreza es la batalla que aparentemente estamos perdiendo, cada vez hay más pobres y son más pobres, no se avanza en los objetivos del milenio, no se toma en serio el reto del cambio climático ni del incremento de población. La gente tiene que tomar conciencia de que el 15 por cien de la población no puede seguir viviendo con el 70 por cien de los recursos", clama Martín.

Todo ello desde la caridad, diametralmente opuesta a la concepción, errónea para el misionero jienense, de la imposición de la fe por la fuerza. "Eso no existe, no ha existido nunca. La transmisión de la Palabra de Dios implica un trabajo de caridad para con las personas más necesitadas", asegura Martín. "La evangelización sin caridad no es cristiana", complementa Joan Mercadal Victory, responsable del Secretariado de Misiones, quien acompaña al padre en los actos de sensibilización que se están desarrollando estos días.

Todo ello desde el compromiso firme que implica partir hacia tierra de misión. "Si te fijas en los conflictos armados que suelen azotar estos países, los últimos en irse son los misioneros. Eso si se van, porque lo normal es encontrárselos dando la cara con la gente más necesitada, sea del credo que sea, hasta el final", corrobora Martín.