Rocio Moriana, Marta Osuna, Teresa Ferrero, Javier Juan, Maria Jesús Andrés, Laura Mercadal y Susanna Cirera | Javier Coll

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Suelen ser portadores de malas noticias, aquellas que nadie quisiera recibir, e intentan contener el torrente de emociones que éstas generan. Son los profesionales del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes (GIPEC), que actúan a petición de la policía, los médicos u otros colectivos implicados en accidentes y sucesos y que están plenamente activos y organizados en Menorca, con doce psicólogos titulados que se reparten las guardias.

«Nuestra función es atender a las víctimas y a los afectados por ejemplo de un accidente, que pueden estar en estado de shock, o a veces incluso a quien ha provocado ese accidente, que también necesita atención, o comunicar el fallecimiento de una persona a sus familiares», explica Teresa Ferrero, vocal del Colegio Oficial de Psicología de Balears en Menorca.

La comunicación puede ser incluso telefónica y el trabajo del psicólogo incluye desde gestionar la información a las víctimas y sus familias, «saber qué se dice, cómo se dice y cuándo», hasta atender a los propios intervinientes en la emergencia.

Porque también los agentes y efectivos de cuerpos especializados pueden salir tocados emocionalmente de su trabajo. «Recuerdo el caso de una traductora a la que tuve que atender cuando una chica, víctima de una violación, estaba explicando el caso», apunta Ferrero, quien en otra ocasión tuvo que comunicar por teléfono la muerte de su hija a una madre que residía en Portugal. La joven tuvo un accidente de tráfico en Menorca durante unos días de vacaciones en los que visitaba a su hermana que trabajaba en la Isla, y que resultó herida grave en la colisión.

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