Reuniones. Jara con Pumlani Sixolo, Ward Councilor (alcalde) de Nkonkobe

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Puede que no sea el tema más apropiado para una tertulia de sobremesa, y Jara Febrer lo sabe y ríe cuando lo comenta, pero es un problema higiénico, ambiental y social de primer orden, aunque nosotros lo solventemos a diario pulsando un botón o tirando de la cadena. Se trata de los residuos humanos, los excrementos y la orina, su tratamiento y reutilización. El 19 de noviembre es la fecha oficial designada por Naciones Unidas para el Día Mundial del Retrete o Sanitario, y el dato ofrecido es preocupante: mil millones de personas en el mundo defecan al aire libre, lo que provoca enfermedades que pueden ser mortales.

Jara, una joven menorquina que ha realizado un Máster Mundi con semestres en universidades de Aalborg (Dinamarca), Abeiro (Portugal), Sidney (Australia) y Hamburgo (Alemania) se enroló en Ingenieros sin Fronteras, con un grupo de trabajo de la Tecnnische Universität Hamburg-Harburg (TUHH), para realizar su proyecto de fin de máster en un pequeño pueblo de Sudáfrica, Hogsback, en el Cabo Oriental.

Su misión era instalar váteres en la escuela de un pueblo sudafricano. ¿Cómo se unió al proyecto?
— Es una iniciativa de Ingenieros sin Fronteras de Alemania y yo estoy en el grupo de la Universidad de Hamburgo. El proyecto, que ya dura año y medio, estaba iniciado cuando yo llegué a Alemania en diciembre de 2013. Ellos buscaban a dos estudiantes de máster para escribir la tesis dentro de este proyecto, para analizar y diseñar un sistema de tratamiento de aguas residuales y de saneamiento. O sea, para hacer váteres y tratar los residuos humanos, aguas fecales, con sistemas naturales, no químicos -váteres secos, biogas, reactores anaeróbicos, biofiltros o similar-, en una escuela sudafricana que no tenía las instalaciones adecuadas.

Y viaja hasta Hogsback, en la provincia del Cabo Oriental de Sudáfrica ¿con qué objetivo?
— Para tener un contacto directo con la situación, tomar datos, saber cómo es la escuela, cuáles eran sus medios, si estaba dispuesta a ayudarnos, el clima real de la zona, y también para establecer redes, conocer la parte social, los vecinos, la participación de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) locales. Viajé para ver cómo nos podíamos ayudar entre todos y arrancar bien el proyecto.

Pero su campo no es exactamente la ingeniería, sino la biotecnología. ¿Cuál es su aportación?
— La biotecnología es muy amplia, abarca desde la medicina personalizada (genética, biología molecular...), pero también tiene la parte industrial y ambiental, la biorremediación, como arreglar la contaminación con bacterias o plantas. A mi la parte que más me interesa es la ambiental, y en el máster me especialicé en tratamiento de aguas, por eso entré en el proyecto.

¿Y qué se encuentra allí? ¿Sudáfrica no es uno de los países más desarrollados del continente?
— Es un país de los que presenta una mayor desigualdad social del mundo. Te encuentras sobre todo blancos con un nivel de vida europeo medio-alto y un 90 por ciento de la población, de raza negra, que en las zonas rurales, que son la gran mayoría, es muy pobre. Hay un porcentaje elevado de gente sin acceso al saneamiento y a aguas limpias.

¿Sigue viéndose conflicto racial?
— Lo que se ve son muchas diferencias. Los blancos son los que tienen propiedades, tierras, muchos negros viven como squatters, trabajando en granjas de blancos por muy poco y les dejan vivir en ellas. En el pueblo, Hogsback, se veía esa diferencia. Con una mayoría negra y un 30 por ciento de población blanca, ésta tiene las propiedades; los negros viven en casas de blancos o en asentamientos no legales.

Son los restos del apartheid, el régimen de segregación social y jurídica por razas...
— Sí, y se notan muchísimo sus consecuencias, fueron muchos años de educación bantú, educación solo para negros, con la que les enseñaban lo suficiente para ser útiles para los blancos y a no tener iniciativa. Casi toda la población negra de 30 años en adelante ha pasado por ese sistema.
(La Educación Bantú se instauró en 1953 y preparaba a la población negra para aceptar su subordinación a la raza blanca. Se mantuvo hasta que en el año 1994 cayó el régimen racista, se celebraron las primeras elecciones democráticas, y Nelson Mandela fue elegido el primer presidente negro del país).

¿Cómo influyó esa herencia en su trabajo sobre el terreno?
— Pues por ejemplo en el pueblo los vecinos nos alojaban y los negros generalmente no te pueden ofrecer una casa. He vivido el día a día con ellos, la escuela era abierta aunque en la práctica de mayoría negra, pero nos alojaban los blancos. Es cierto que es más fácil conectarte con ellos desde el extranjero, son los que tienen internet, y la ONG con la que trabajamos, Jikany, es de sudafricanos blancos. Se dedica a dar herramientas de desarrollo a la población local, sobre todo negros, pero hay que decir que éstos forman parte del equipo que toma decisiones. En resumen, yo creo que la población negra ahora tiene igualdad de derecho, pero no de recursos.

Y la escuela ¿qué deficiencias presentaba?
— Es una escuela de Primaria y Preescolar que tenía letrinas en muy mal estado. Hechas con metal, oxidadas, la parte delantera caída, los niños podía caerse en el agujero. Justo antes de que nosotros fuéramos en Sudáfrica hubo una polémica porque un niño de 6 años se cayó en el váter roto de la escuela y murió, nadie se enteró porque era la hora del recreo. Sé que aquí puede parecer una cosa banal pero es que allí llegan a morir niños. En esta escuela tenían miedo de usar el baño y preferían hacer sus necesidades al aire libre.

¿Construyeron los retretes?
— No solo eso, sino también hicimos los lavabos con agua corriente, porque no tenían ningún sitio donde lavarse las manos. Sobre todo intentamos despertar conciencia sobre la importancia de hacerlo, que los profesores tampoco lo sabían. Hicimos actividades educativas sobre gérmenes, de la importancia de lavarse las manos después de ir al váter y luego vas a comer, o si defecas en el exterior y lo pisas y lo entras en el recinto, transmites gérmenes. Además había problemas con la electricidad, el agua y tres profesores sin formación específica -incluido el director-, para unos 70 alumnos, algunos menores de cuatro años.

En cuanto a la parte técnica, ¿qué opción de saneamiento eligieron?
— La conclusión fue que, dada la situación social y ambiental -porque hace mucho frío, Hogsback está en una montaña-, el biogás no era la solución adecuada. Requiere mucho mantenimiento y la cantidad de residuos no era suficiente. Es un sistema que se usa con éxito en varios proyectos para generar gas para cocina, en India y en Sudáfrica también, pero con clima más caluroso. Así que optamos por váteres secos de separación de orina.

¿Cómo funcionan?
— La taza del váter tiene dos compartimentos, por uno cae la orina y por otro las heces; éstas se acumulan en una cámara grande y se les tiene que ir echando serrín o cenizas para absorber el líquido. En un año se seca y una vez secos los residuos ya no son peligrosos, se pueden compostar y usar como fertilizantes. Antes no, porque transmiten bacterias como la E. coli. Al cabo de un año se usa la segunda cámara. La orina va por otro compartimento a un depósito, se deja reposar seis meses y luego se usa directamente, diluido en agua, como fertilizante.

Mediante este proceso el residuo humano se vuelve a utilizar, entra de nuevo en la cadena...
— Exacto, a eso se le llama valorizar el residuo humano. Ese es un punto positivo del proyecto, el otro es que como hay dos cámaras que se van vaciando no tiene que venir la cuba o honeysucker -como lo llaman allí en argot-, no necesitas pagar o tapar el agujero y mover la infraestructura. Y el fertilizante pues lo pueden usar en el huerto que hay en el colegio.

¿Ha sido un éxito el trabajo?
— Creo que sí, ahora el centro forma parte de una red nacional de ecoescuelas. El proyecto (denominado Hygiene macht schule) está construido, falta hacer el seguimiento y que funcione, no sé si me tocará volver allí, ya se verá, somos un grupo, todos voluntarios con bagaje profesional.

¿Qué le ha aportado?
— Ha sido una experiencia cien por cien positiva. Profesionalmente aprendes muchísimo pero a nivel personal mucho más. Aquí damos por sentadas muchas cosas. Y no es solo ver la pobreza, sino la complejidad de los problemas, verlo desde dentro, es una inmersión profunda. Y en cuanto al proyecto, lo bueno es que no viene desde arriba, Ingenieros sin Fronteras trabaja de una forma local. Y nosotros nos buscamos el dinero a través de empresas y de campañas de crowdfunding.

¿Piensa seguir en cooperación internacional?
— Me ha aportado mucho pero a veces yo misma me preguntaba «qué hago arreglando cosas en Sudáfrica» cuando puedo hacer cosas en Menorca, que tiene sus problemas. Creo que lo más coherente es trabajar de forma local, y todo empieza por la educación, y por eso aunque en principio no me planteaba ser profesora, me parece una buena solución. Despertar en los jóvenes la conciencia de lo que haces en tu día a día y del impacto que eso tiene.