La planta se ubicará junto al depósito de Malbúger.

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Unos microorganismos predispuestos para la tarea, los nitrobacter, actúan sobre los nitratos para descomponerlos. Es decir, separan los elementos que están representados en las letras del NO3, la fórmula de su composición. Una vez disgregados, el resultado se convierte en gas (NO2) y desaparece. El agua tratada se queda prácticamente sin nitratos y así se puede mezclar con otra para que al abrir el grifo el ciudadano reciba un líquido elemento perfectamente potable.

Es la solución que ha elegido el Ayuntamiento de Maó para afrontar un problema acuciante para la ciudad desde hace muchos años. Entre las opciones disponibles, el Consistorio ha elegido la desnitrificación biológica. Un estudio de alternativas la coloca por encima de la ósmosis inversa y las resinas de intercambio.

Desde el Área de Medio Ambiente, con el concejal Rafael Muñoz al frente, explican que se ha valorado que es el sistema que menos agua de rechazo genera, en torno a un 2 por ciento que además se puede derivar directamente a la red por no estar excesivamente sucia. El gas resultante es inocuo. El agua de rechazo de la ósmosis, por ejemplo, no puede ir al alcantarillado.

Además sus casi 46.000 euros de coste de mantenimiento anual están muy por debajo de los 159.000 euros de la resinas y los 212.000 euros de la osmosis. La infraestructura necesaria no es la más barata, pero con estos costes de mantenimiento se compensa en poco tiempo.

La desnitrificación biológica es un sistema nuevo, se emplea básicamente en explotaciones agrarias y en municipios de pequeñas dimensiones. No muchos, y ninguno en Balears. Por eso, algunos detalles sobre sus prestaciones están en el aire, pendientes de la redacción del proyecto que el Consistorio licitará al mismo tiempo que las obras y su puesta en marcha para acortar plazos. Se estiman de un año. La iniciativa está financiada con fondos de la ecotasa por un importe de 624.916 euros.