La cosecha de este año apunta bien, según los productores, a expensas siempre de la meteorología adversa. | Archivo

La producción de Vi de la Terra Illa de Menorca se medía a final de año pasado en 67,6 hectáreas. Sin embargo, el total de viña plantada, incluida la que no está amparada por esta denominación, se acerca a las 200 hectáreas. Hoy es una industria consolidada y en progresión, animada sin duda por la entrada de inversores franceses en el campo insular, «todos siembran viñas», comenta un productor.

La asociación Vi Menorca agrupa ocho bodegas, pequeños productores en su mayoría, que se reparten por la geografía menorquina. Binifadet es actualmente la más grande y uno de los negocios mejor estructurado junto con Torralbenc, más joven pero con importante superficie de viña, ambas con unas diez hectáreas.

Las otras son Sa Cudia, Son Cremat, Sa Furana, S’hort de Sant Patrici, Sa Marjaleta y Binitord. También se ha incorporado ya Torralba, a la espera de contar con su propia producción. Han de contarse además las Bodegas Menorquinas de Crispín Mariano, pionero en la recuperación de la viticultura en la Isla hace    casi cuatro décadas, y Santa Ponça, Alaior, con viña pero sin bodega todavía.

Buena parte de la producción se comercializa al margen del sello Vi de la Terra, que exige unos requisitos, como la variedad de uva que utilizan, no necesariamente autóctona, que no todos cumplen. «La producción va a más y el consumo también», afirma Xavier Solano, presidente hasta hace poco de la asociación, «es una industria potente y con futuro».

En 2021 se comercializaron 1.421 hectolitros de Vi de la Terra, más del doble que diez años atrás. Casi la mitad, el 43 por ciento, es vino blanco y el turismo, que busca producto autóctono, constituye una de las principales fuentes de la demanda.