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¡Cómo cambia el ánimo simplemente de un día para otro! El miércoles noche el Menorca había consumido otro enorme pedazo de su limitada credibilidad después de una actuación menor frente a un rival mayor -Bizkaia Bilbao- que le sometió sin demasiada oposición. Sin embargo ayer el equipo de los menorquines se sacó de la manga un partido sobrio en el que consiguió ejemplarizar su conocido compromiso, esta vez condimentado con una concentración sostenida que le condujo a una victoria diferente porque ese triunfo es mucho más que una victoria.

De un plumazo el Menorca sesgó su dinámica negativa harto preocupante que le había llevado a encadenar seis derrotas seguidas, reintegró al Manresa en el fuego cruzado de la zona candente del campeonato y, lo más importante, recuperó autoestima, capturó moral, ganó futuro.

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Y es que, consumida la primera vuelta de la Liga, o sea, 17 partidos, el grupo de Olmos -un sufridor con la cabeza fría para tomar decisiones acertadas en momentos determinantes- no ocupa posición de descenso. Ese registro, solamente ese, ya es un triunfo plausible en función de una plantilla tan modesta como comprometida. Han sido cinco victorias acumuladas, todas ellas frente a rivales directos, incluso dos a domicilio. No está tan mal.

No se trata de concluir que el panorama de este equipo es hoy otro por haber ganado ayer en Manresa. Sería de necios considerarlo así. Sufrirá hasta la extenuación para evitar el descenso. Tarde o temprano, muy posiblemente regresará a la zona de desalojo de la ACB, un lugar que no le es desconocido ni al equipo ni a la afición, pero está en la batalla. Merece consideración y reconocimiento, conceptos que no deben relacionarse nunca con el de resignación, la que parecía haberse instalado en el Pavelló. La pelea continúa. El equipo está vivo.