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Lance Armstrong y Jaume Matas tienen algo en común. No se trata de otra pieza separada del gran sumario de la corrupción, aunque algo tiene que ver. El ciclista, vencedor y perdedor de siete Tours de Francia, ha dicho que sí, que tomó EPO, testoterana, la hormona del crecimiento, que se hizo transfusiones de sangre. Pero lo más interesante de sus declaraciones es cuando dice: "Lo peor de todo es que pensaba que no estaba haciendo trampas". Igualito que Jaume Matas y que tantos ilustres corruptos. Sin duda, no tenían sentimiento de culpabilidad y seguramente no lo tienen ahora. ¿Por qué?. La respuesta se desprende de sus actitudes y manifestaciones. Es el deporte. Es la política. Hacer trampas forma parte del oficio. Parecen defender la idea que los deportistas y los políticos se dividen en dos grupos: los que han sido pillados y los que, de momento, se escandalizan cuando estalla un caso de corrupción.

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Estos días, la realidad se empeña en mostrarnos la aparición de nuevos casos de corrupción en CiU y en el PP, con Pujol y Bárcenas. Y se pone en marcha la misma representación defensiva. Nadie se cree ya que la corrupción sea patrimonio de algunos tramposos, de nuestros simpáticos "pillos", sino que forma parte de un sistema que los mismos partidos se empeñan en no transformar. Sin duda hay políticos honestos, muchos, no sé si la mayoría. Sin embargo no son suficientes para llevar a cabo la regeneración. Lo decía Esperanza Aguirre ayer al criticar a quienes hacen "carrera" en la política, aquellos fieles incondicionales al líder, que copian el modelo y que son incapaces de cambiar algo, aunque huela a podrido.

Las declaraciones de réplica son proporcionales al volumen del escándalo. Después se apagan a gran velocidad. "Los políticos somos los más interesados en acabar con la corrupción". Pues que lo demuestren.