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El caso Matas -nombre propio para lo que empezó como Palma Arena- ha superado los antecedentes de corrupción más recientes. Probablemente no sea el último escándalo que aparece en el pasado reciente de esta Comunidad, pero nadie hay tan laureado -ex ministro y ex presidente autonómico siete años- que haya caído en la sima del saqueo que le atribuye la Justicia.

Los corruptos se han ganado el desprecio general y la correspondiente pena judicial. Pero la corrupción es una plaga y no va a desaparecer porque forma parte del sistema mismo, mordidas, comisiones, chanchullos, sobornos en distinto grado, van aparejados al sistema público de contratación. El escudo moral ha desaparecido entre los gobernantes y la integridad personal del dirigente de turno es como el valor en el soldado, se le supone. Y algunos se van de rositas, como diría Roldán, otro campeón de los caraduras, de modo que no basta con la reválida electoral porque los votantes apenas tienen en cuenta la corrupción entre sus criterios de elección y no sirve para apartar al que delinque. La regeneración es una llamada voluntarista que tranquiliza pero tampoco corrige las desviaciones de los mangantes. Así que habrá que castigar de algún modo a los partidos con casos probados de corrupción igual que se castiga a formaciones totalitaristas o afines al terrorismo.