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Es costumbre extendida, aunque no unánime, en el circuito alimentario dar gran valor a los productos frescos locales y mostrar cierta reticencia hacia los foráneos. La frase "¿Què són d'aquí?" abunda en los mercados y no son pocos los que sostienen sin admitir réplica que el sabor de lo local nada tiene que ver con lo de fuera. Pescado, carne, verduras, frutas y las perseguidas setas son productos en los que se aprecia la proximidad, a pesar de que pueda suponer un dispendio mayor. Varios elementos se combinan en esta actitud: apego por lo propio, garantía de calidad, ausencia de procesos industriales, frescura y sabor. La langosta es un caso peculiar. Siempre han corrido comentarios sobre la presencia de animales foráneos en las calderetas que se sirven en los restaurantes de la Isla, que si se mezclaban las propias con otras más blanquecinas e insípidas, que si aquel sí lo hace y el otro no. Los rumores se fundamentaban en simples matemáticas: la langosta pescada aquí no da para tanto plato. Un distintivo pretende ahora acabar con el engaño. Bienvenida toda información y garantía para el cliente que suelta no poca pasta por un plato de sopa cinco estrellas. Aunque el reto va a ser controlar lo que suceda en las cocinas ya que detectar la posible picaresca mediante el paladar será algo reservado a comensales muy, muy, muy iniciados.