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El presidente gallego Alberto Núñez Feijóo, del PP, y el presidente extremeño Guillermo Fernández Vara, del PSOE, son dos ejemplos de rigor y sensatez a la hora de analizar el envenenado debate autonómico surgido, interesadamente, al calor de la crisis económica y la proximidad de las elecciones.

Ahora que destacados líderes políticos nacionales quieren poner en solfa un modelo de Estado consagrado en la Constitución y que, por más de treinta años, ha acercado la administración pública a los ciudadanos, además de otras muchísimas ventajas entre las que se incluye indudablemente el crecimiento económico, conviene sosegarse y huir de la demagogia.

Así, con sosiego, ambos presidentes autonómicos analizaron ayer el modelo territorial y los cambios necesarios para corregir los fallos, evidentes en el caso de duplicidades y exceso de cargos públicos. Sin dramatismo, sin acusaciones alarmistas, como la de que son las autonomías las responsables del derroche y el endeudamiento de España, tanto Feijóo como Vara coincidieron en la necesidad de cumplir el objetivo de déficit y de ajustar el gasto a la realidad presupuestaria.
Resultaba raro oír a un dirigente del PP y a otro del PSOE, ambos con gran predicamento dentro de las direcciones de sus partidos, coincidir en temas básicos como la necesidad de evitar duplicidades. O sea, que no "haya diecisiete organismos para todo". Escucharles reclamar, a ambos dos, que hay que adelgazar la administración autonómica porque "no podemos seguir aumentando el personal dentro de las administraciones públicas" y que "no es compatible que haya diputaciones, delegaciones de la autonomía y delegaciones del Gobierno".

¿Son una excepción? ¿Piensan lo mismo el resto de los responsables autonómicos? Es mal momento para dilucidarlo porque la precampaña contamina cualquier pretensión de rigor. De ahí el mérito de Fernández Vara. No es la primera vez que el presidente extremeño, que se juega la reelección, no se muerde la lengua y habla de devolver competencias al Estado o reclama a Zapatero que se pronuncie sobre su continuidad.

Tras las elecciones de mayo, y con la nueva configuración política que salga de las urnas, el debate autonómico no se puede posponer. La posibilidad de una cumbre de presidentes, sin la presencia del Gobierno, que elabore unas propuestas de recorte de duplicidades, de eliminación de organismos inútiles. El adelgazamiento de las autonomías, hablando claro, pero desde dentro y sin agravios comparativos, puede ser un camino.

La exagerada bronca montada en torno a la necesidad de traductores en el Senado por la utilización del catalán, el gallego o el euskera, alentada por determinados medios, es un ejemplo más de cómo puede azuzarse demagógicamente la irritación de la ciudadanía ante los gastos superfluos en tiempos de crisis. Tienen que ponerse de acuerdo para que la semilla del centralismo rancio no siga creciendo.