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Sábato no es Onetti" decía yo el otro día en mi artículo sobre la muerte del maestro. Con ello quería referirme a que, en algunas de sus declaraciones, el fenecido autor argentino interpretaba que no todo está perdido y que "hay esperanza" gracias a la Literatura y sobre todo al Amor, ambos con mayúsculas.

Todo lo contrario que Onetti, precisamente, genuino representante de el nihilismo absoluto; del "no hay salida". El escritor oriental –o sea, uruguasho– nos muestra su desolación existencial, por ejemplo, en El Astillero, novela deprimente donde las haya en la que en la última escena el protagonista muere de frío en una esquina lluviosa.

"lo encontraron (...) encogido, negro, con la cabeza que tocaba las rodillas, (...) empapado por el rocío, delirando. (...) Murió de pulmonía (...) antes de que terminara la semana."
Este hombre extraño trabajaba en un astillero abandonado donde no había nadie más que él, al que acudía todas las mañanas y se las pasaba revisando papeles que no debían ser enviados a parte alguna, porque nadie los pedía. Auténticas facturas, estadísticas y balances del absurdo; del sinsentido.

Onetti el oscuro. Onetti el que no nos cuenta de manera explícita qué hacía el fulano allí acudiendo todas las mañanas a un escenario de hierros retorcidos, máquinas herrumbrosas, estanterías llenas de polvo y papeles enmohecidos. No lo sabemos, ciertamente, pero nos lo imaginamos: algo así como: "el Mundo y hasta el Universo no tienen sentido y debería suicidarme pero como no me atrevo, entretanto no me llega la muerte me entretengo"

La corriente negativista de ciertos escritores viene de lejos. Schopenhauer fue uno de sus profetas, luego vinieron los mazazos existencialistas de Sartre en La Náusea, and so on.
Total que de repente, en los sesenta y setenta largos, cierta juventud, inquieta, hipersensible, con preocupaciones existenciales, cayó en un pesimismo cósmico que llevó a muchos al suicidio. Conocí a alguien así. Cometí el error, incluso, de regalarle una "Antología de Poetas Suicidas" menos mal que no llegó a inmolarse en aras del pretendido –y pretencioso- sinsentido de la vida. Anda todavía por ahí flotando en su mundo absurdo, negativo, alucinante, trágico.

Con todo, Onetti, a pesar de su pesimismo crónico vivió confortablemente hasta su muerte en 1994, en un piso de la Avenida de América en Madrid, resguardado de la lluvia y el viento (no crean, en Madrid, aunque no es Menorca, algunas veces también hace viento).

No hay derecho. A los Onetti, como ocurrió con Sócrates, habría que declararles "corruptores de la juventud. De todas maneras ahora pocos jóvenes lo leen a él y a Schopenhauer o a Sartre. Casi todos se van a la berrea del botellón (universitarios incluidos) o se pasean indolentes por la playa con el cheque de papá en el bolsillo, un perro pulgoso atado con una cuerda y molestando a los bañistas.

Me gusta Onetti escribiendo, pero no me gusta su cosmovisión negativa. Pienso que, tenga o no sentido el Universo entero, que no lo sé, uno debe buscar dentro de sí el propio. Nunca como en este caso suenan fuerte y claro las palabras de Machado: "caminante no hay camino, se hace camino al andar".
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