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Después de una ligera meditación he llegado a la conclusión de que soy un indignado o que lo estoy, que para el caso es lo mismo. Pero no soy un indignado de plazoleta, ni me pinto las manos de blanco, ni cocino en las calles, ni monto campamentos, ni me pongo en la órbita de una posible violencia por dañar las libertades de los demás ciudadanos. Yo, como muchos millones más, me indigno en casa, en la mía y a lo sumo transmito mi contenida ira a quienes también puedan sentirla porque, no nos engañemos, todos tenemos algún motivo para estar indignados, cabreados porque en esta sociedad en la que nos movemos, hasta un puñetero papel higiénico, que te venden anunciándolo como el más resistente del mundo y que lleva como cuatro capas de mágica celulosa, a la hora de la verdad, de la íntima verdad, cuando más lo necesitas, cuando estás con él, cara a cara (es un decir), va el puñetero y te falla, como esos íntimos que crees haberlos contado con los dedos de la mano y que luego ni están en tu lista. Y es que cuando la cagas, ya sea pepino en mano, llegando tarde a las soluciones que es lo mismo que decir que no se ha hecho nada o simplemente sin dar respuestas contundentes, vamos, una pizquilla de la "ley del talión" es decir, "pepino por pepino, tomate por tomate", lo único que consigues es que te pillen con los pantalones bajados, posición esta no solo humillante sino además, con el cambio climático, que pasas de los 30º a los 14º en un cerrar de ojetes , puedes hasta pillar un enfriamiento de... narices. ¡Quin país, Déu meu!