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Arde Londres y cuando la apagan la mecha prende en otras ciudades de Gran Bretaña. Nos son conflictos raciales, aunque en el origen estuvo la muerte por la Policía de un joven negro, es la rabia ante la falta de futuro. Una consecuencia de la crisis agravada por los duros recortes sociales impuestos por el conservador Cameron.

No hay recetas, pese a lo que se nos quiere hacer creer, que permitan salir de las dificultades económicas sin pegar el tajo a los derechos sociales y cargar el peso de los mismos sobre los más desfavorecidos.

El primer ministro inglés, por quien Rajoy mostró devoto entusiasmo, ha tenido que suspender sus vacaciones y regresar a Londres para ponerse al mando de la Policía. Las medidas contra los manifestantes han sido contundentes, como los recortes.
Rajoy dijo que aplicaría, de ganar, las mismas medidas contra la crisis de Cameron, que por cierto, y siguiendo con las similitudes, no desveló su programa electoral hasta que consiguió el apoyo de los liberales para llevarlo a cabo.

Los jóvenes británicos, educados en el consumismo más primario, como ocurre con todos los chicos europeos, ven desaparecer sus polideportivos, los centros sociales. No tienen dinero y lo que es peor, no lo van a tener en mucho tiempo. A través de las redes sociales se convocan para quemar y luego asaltar los comercios de ropa de marca, teléfonos móviles, ordenadores y demás juguetes que sus "recortados" progenitores han dejado de comprarles.

La clase media británica no se esperaba este azote, no se lo habían contado. Algo parecido puede pasar en España con un cambio de gobierno en el que, según las encuestas, una gran mayoría confía en que solucionará las cosas en cuestión de meses.

Hay que decir la verdad, hay que tener el coraje de ganar unas elecciones diciendo a los votantes que la situación es grave y que las medidas a aplicar van a ser muy duras para garantizar el futuro de una generación hipotecada ya por la deuda del país en su conjunto.

Si Zapatero hubiera asumido la crisis cuando llegó y no un año después, la desconfianza de la ciudadanía no habría llegado a los límites que llegó. Rajoy no aprende la lección y sigue callado. Es más, insiste en que no hará recortes sociales. Cuando lleguen, de un tipo o de otro, los acampados de la Puerta del Sol que tanto molestaban a Esperanza Aguirre, pueden remedar a los británicos. Entonces todos nos echaremos las manos a la cabeza.