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Casados, con hijos, todavía solteros con ganas de pasarlo bien, embarazados, a punto de pasar por la vicaría o de comenzar una nueva vida en el extranjero. Cada uno de nosotros ha trazado su propio itinerario porque la vida, como aquellos libros en los que debías pasar a una página u a otra en función de la opción por la que te decantaras, es un cúmulo de decisiones que, acertadas o no, van sucediéndose sin interrupción. Quizá por todo ello los reencuentros con los compañeros de clase, aquellos junto a los que creciste a base de juegos y aventuras, es siempre un placer.

La emoción de recordar momentos casi olvidados, el interés por conocer cómo ha tratado la vida a cada uno de ellos y la sensación de que, a pesar del inexorable paso de los años, hay un hilo invisible que nos une, un pasado común que nos vincula de forma especial y que nos diferencia del resto. Hemos cambiado, nos hemos convertido en personas adultas más o menos maduras pero, en el fondo, todos seguimos siendo aquellos niños que correteaban durante el recreo ajenos a responsabilidades y obligaciones.