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Llega la Navidad con algo de retraso y menos fuerza y se afronta con menos ganas que otras veces, seguramente porque con menos capacidad participativa que antes; incrementan las ofertas pero baja a la vez y a la par la demanda, caen los precios y descienden las ventas, se llenan los escaparates de reclamos, oportunidades y descuentos pero no se vacían los almacenes, tampoco las tiendas, muy concurridas pero con mucha gente de paso, con más nostalgia que ansia. Los tiempos han cambiado. La noche enciende las luces de numerosos y variados adornos navideños que no logran, sin embargo, ensombrecer, ni disimular, una oscuridad que cae impasible sobre cada ciudad, apagándolas todas a distintos ritmos de colapso. Llega la Navidad, año a año más floja o más fingida, con menos inercia o sentido, al menos esa Navidad tal vez ajena, o por lo menos y en principio de fuera , aunque luego nuestra, y que es símbolo y exaltación del capitalismo, las fiestas del consumo, por así decirlo, del gasto desmedido y sobre todo a crédito, que tan bien hemos importado.

Y es que crédito es precisamente una palabra maldita, que está en boca de todos pero porque ahora falta en casi todos los bolsillos, y por más veces que se diga o se le llame, no se encuentra ni acude, pues no lo conceden los bancos ni lo proyectan los políticos ni por lo tanto el sistema capitalista, que no es otra cosa que un dintel colocado sobre esos pilares, el crédito ascendente de los bancos y la aparente solvencia política, y que ahora si se sostiene, si todavía parece mantenerse en pie, no es precisamente por la estabilidad de éstos, como se sabe, sino por una fe abovedada de costumbre, por arraigados contrapesos de creencia o negación, y así, de momento y por lo visto, consigue no ceder a la realidad y se mantiene, aunque sea sin crédito alguno y en el aire y con más deuda como argamasa para tapar las grietas provocadas por la falta de líquido, y en definitiva, de crédito. Lo que no parece otra cosa que un despropósito a plazo fijo y de interés variable, sobre todo para algunos tipos, que nadie conoce.

Llega la Navidad, y aunque es verdad que menos voraz, que más en los huesos, y presumiblemente con menos alegría y festividad, lo cierto es que también viene cargada de información, de realidad más a ras de suelo, y con eso de prudencia y de cautela, de análisis y conocimiento, la crisis ha abierto una brecha al sistema y le hemos podido ver las entrañas, de qué se compone y qué lo corrompe, de qué se alimenta y qué lo mata, y es un regalo, aunque con envoltorio de malas noticias, hacer una autopsia en vida saber, en definitiva, de qué se habrá muerto. Queda pues, al menos eso, celebrar la Navidad sin blanca, camino ineludible hacia un sistema transparente. Aunque quedan años para festejarlo con verdadera alegría, ahora todavía y de momento nos toca asimilar que todo funciona realmente como estamos conociendo.

Así que nadie se confíe pues sólo es cuestión de tiempo y de reflejos y no hay mayor ingenuidad que la del que la presume en los demás.