Fragmento del Manuscrito de la RAH. Como puede observarse la letra de ambos documentos es la misma. Compárense sobre todo las palabras "Blas Ximenez de Mendoza y Lillo".

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Don Blas Giménez de Mendoza y Lillo era el capitán de la compañía de granaderos de la guarnición de San Felipe en 1706, (aquello que se llamaba entonces "la dotación de San Felipe"). Blas Giménez fue testigo de todo; de los luctuosos sucesos que se produjeron en aquella aceleración del tiempo histórico que supuso el contagio en Menorca de la Guerra de Sucesión al Trono español entre los Austrias españoles y los Borbones.

Blas Giménez de Mendoza, como ayudante, además que era, del gobernador Diego Leonardo Dávila, de infausta memoria para los menorquines partidarios del Archiduque Carlos, asistió a la revuelta de Juan Miguel Saura en 1706, a la represión que sucedió a la misma, con resultado de torturas varias y muerte por ahorcamiento de numerosos conspiradores y otras monstruosidades como aquello de colocar en la plaza del Borne de Ciutadella la cabeza cortada de Sebastián Roselló, sargento mayor de milicias y uno de los cabecillas de la revuelta, con un cartel debajo que ponía «VIDE PADRON» (para que sirva de ejemplo). Vivió también las invasiones de franceses y británicos, el doble juego de Guillermo Olives, noble ciudadelano que se apuntó a tirios y troyanos con tal de salvar vida y hacienda, la salida de los borbónicos y el posterior suicidio de Dávila, que Blas califica de «accidente desafortunado».

Todo eso vivió Blas Giménez de primera mano. El oficial, además, era personaje (relativamente) letrado: pertenecía a los tercios españoles, herederos de aquellos godos de provincias que tuvieron una escaramuza en Covadonga contra un comando árabe y cumplía el rol que se exigía a un capitán en las ordenanzas de 1632: «Saber leer, escribir y algo de cuentas», así que tras el reflujo de todos aquellos tumultuosos acontecimientos, cogió la pluma y lo dejó todo escrito en un relato de 73 folios, «para que los que ignoraren lo que sucedió y se hallaren con cabal inteligencia» como dice el preámbulo, justificando la postura de los defensores borbónicos y también la injustificable saña del gobernador Dávila.

Don Blas no firmó su relato, se trata de un documento anónimo que duerme el sueño de los siglos en la Real Academia de la Historia (desde ahora RAH).

Un día, hace al menos 30 años, consultando «la Historia de la Marina Española» de Cesáreo Fernández Duro, lo descubrimos. El gran erudito historiador de nuestra Marina de Guerra lo cita en el capítulo que dedica a la Guerra de Sucesión. Entusiasmado, acudí a la Docta Casa y allí me recibió una señora cariacontecida y un poco neurótica que me permitió fotocopiarlo entero con tal que no diera mucha guerra, para lo cual me gasté casi el sueldo de un mes de entonces, pero valió la pena. Los 73 folios del manuscrito (desde ahora MSA) encerraban todo el relato, bien que subjetivo, de los acontecimientos acaecidos en Menorca entre 1706 y 1708. Tranquilo en mi gabinete casero, analicé el cartapacio, pudiendo subrayar lo subrayable y éste, junto a otros documentos del Archivo Histórico Nacional, me permitieron escribir mi segundo libro impreso: la Guerra de Sucesión en Menorca, causas hechos y consecuencias. (Quien quiera consultar las fotocopias del MSA están a su disposición).

En dicho trabajo ya sospechaba yo que Blas Giménez era el autor. Conjeturaba yo en él, que el excesivo protagonismo de este capitán en el relato y algunos documentos oficiales del gobernador con letra muy similar a la del manuscrito anónimo, me hicieron sospechar su autoría, máxime cuando se dice en este último "que el capitán Don Blas actuó muchas veces de escribano de la primera autoridad de la isla."

Con todo, mis afirmaciones de 1983 (¡cuánto ha transcurrido ya!) no pasaban de conjeturas. Ahora, sin embargo, tenemos algo que añadir. En el archivo de Ciutadella existe un documento firmado por el capitán don Blas, cuya rúbrica no ofrece dudas del enorme parecido con la palabra de su nombre y apellidos que aparece en el MSA. Este documento lo reproduce Miguel Ángel Casasnovas en la Enciclopedia de Menorca tomo X pg. 243.

Un misterio resuelto años después de planteado. Los historiadores con conciencia de serlo somos como los sabuesos policiales, no soltamos la presa hasta que descubrimos al «culpable» pase el tiempo que pase. El buen historiar consiste en acumular años de datos pero también de reflexión, al final ese hilar se convierte en urdimbre.

Pero, ¿cómo llegó a la RAH el documento? Su autor, en caso que fuera don Blas, -hay que dejar siempre un margen de duda por si acaso-, vino a Madrid y decidió ponerlo en manos de un personaje de la Corte de entonces, hombre de gran prestigio. ¡Nada menos que don Luis de Salazar y Castro, genealogista y cronista de Indias! Su casa de Madrid era el centro intelectual de la época de Felipe V. Este personaje, en su posición privilegiada, guardaba todo documento que pasaba por sus manos durante el reinado del primer Borbón español y fueron muchos. Miles. Es lo que en los círculos de investigación histórica se denomina «la Colección Salazar».

Pues bien, parece que la intención del no firmante (ahora ya no le podemos llamar anónimo) era dejar testimonio pero no divulgarlo y de hecho parece que no se divulgó. Una especie de testamento secreto hasta que hace unos años la malograda erudita Micaela Mata (que también lo encontró independientemente y a la par conmigo) y yo, lo sacamos a la luz. El descubrimiento de una mina como esa es para el historiador un hecho voluptuoso.

Pero, ¿cómo fue a parar a la RAH?, insistimos. La Colección Salazar anduvo, desde la muerte de su poseedor en 1737, para acá y para allá a lo largo de todo el siglo XVIII y parte del XIX, siendo expoliado numerosas veces y al que se arrancaron expedientes enteros, con esa poca seriedad que caracteriza a ciertos pseudohistoriadores españoles. Al fin, en 1850, la RAH lo rescató de la biblioteca de las Cortes y allí permanece para el que quiera consultarla.

Tirar del hilo y rescatar de la noche de los tiempos historias de la Historia. Una razón más, aunque no evidentemente la única, para seguir viviendo en esta época de tribulación.

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