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Sin comerlo ni beberlo, nuestra crisis se ha convertido en tema de debate en la campaña electoral francesa. No es que nos importe mucho, por lo que se ve. Las alusiones de Sarkozy a España para atacar a su contrincante político, el socialista Hollande, no son tendencia en ninguna red social ni se pasea ningún vehículo con pantalla gigante frente a la embajada gala en Madrid, para presumir de 'tweets' explicando las razones por las que estamos a la cola.

La furia nacional solo se despierta -qué poco sentido del humor-, cuando los muñecos del guiñol del Canal Plus cuestionan los triunfos de nuestros deportistas, lo demás, cuanto menos lo meneemos mejor. Al fin y al cabo ¿quién querría realmente estar en nuestro lugar en estos momentos? ¿alguien se atreve a poner en letras grandes y luminosas, frente a la embajada de nuestros vecinos, la tasa de paro, el número de hipotecados sin casa o los porcentajes de recortes que llevamos acumulados?

Pero tampoco es justo que ahora 'Sarko' eche balones fuera, más allá de los Pirineos, para remontar en las encuestas y, cosas de políticos, cambie las alabanzas prodigadas al milagro español por una crítica que, imagino, solo debe echar humo sobre los problemas domésticos. En definitiva aquí solo se intentó ser un poco más franceses, gozar de ese bienestar que poco nos ha durado en comparación a ellos, en definitiva, ser Europa.