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Repartir dinero nunca es fácil. Cuántas familias se han roto, cuántas amistades se deben haber estropeado por asuntos relativos al reparto del vil metal. Cada vez que salen los presupuestos generales del Estado o particulares del Govern nos abalanzamos a escudriñar de qué magnitud es el agravio esta vez. Nadie se siente a gusto con lo que le corresponde. ¿Y si resulta que estamos bien y no necesitamos nada, por qué birlarle entonces la pasta a otro territorio que sí requiere una buena inversión? La solidaridad territorial solo se entiende en términos de número de habitantes, no en función de las necesidades. Ahora el Consell se ha metido en el jardín de repartir dos millones para mejorar las urbanizaciones turísticas y ha cometido el ingenuo error (seguro que Santiago Tadeo aprenderá y no lo va a repetir) de avanzar una previsión y unos criterios provisionales que luego no se han cumplido. Que Maó, la siempre presunta culpable de centralismo, haya sido beneficiada es el aderezo ideal para que la controversia sea aún más efervescente. El rebote viene de los socialistas, que no tienen reparos ni consignas de partido en este sentido. Los otros, con la boca más pequeña. El Consell, hiciera lo que hiciera, lo iba a hacer mal para unos y bien para otros. Era imposible contentar a todos. Pero puestos a la derrota segura, lo más prudente hubiera sido fijar criterios claros desde el primer momento, ajustados al objetivo de la convocatoria, es decir, a las urbanizaciones turísticas.