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A Joana des Diari , inmejorable amiga que dio pie a este relato, relato debido…

Pero, ¿cómo demonios había podido suceder? ÉL... ¡Preso en Guantánamo! ¡Y por culpa de un simple pellizco!
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ÉL había sido siempre un dormilón. Y machadiano en cuestiones de vestimenta, por aquello del "torpe aliño indumentario". No era, por ende, una persona muy aseada. Sus problemas dermatológicos y aquella sensibilidad cutánea que desaconsejaban el afeitado diario tampoco ayudaban al lamentable aspecto físico que solía ofrecer. "¡Así no vas a ligar nunca!" –le había espetado reiteradamente Raimundo, su mejor y único amigo, preocupado por la inquebrantable soltería de su compadre-. Para colmo de males, tartamudeaba, mal que se acentuaba bajo estados de ansiedad o nerviosismo…
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Dos días antes del trágico suceso, había salido de compras. Algo inusual en ÉL. Pero la disyuntiva era clara: o adquiría ropa nueva o se decidía por poner una lavadora… Optó por lo primero. Mientras deambulaba por mercadillos que le evocaban el "flowerpower" de su adolescencia, cayó en la cuenta de que, al cabo de cuarenta y ocho horas, estaría en pleno vuelo Madrid-Nueva York… ¡Qué gozada! Tras un par de birras y algunas miradas despectivas de sobresalientes ejemplares del sexo opuesto, adquirió en un tenderete ropa ligera, blanca, casi transparente y cómoda. "Eso, moda Ad Lib -se dijo-. Algo ibicenco." Satisfecho, regresó a su domicilio, tras cerciorarse de que sus dos vecinas carteras no le habían dejado ninguno de aquellos sobrecillos de los que últimamente tanto se hablaba.

"¡Tenga usted vecinas carteras para esto!" –musitó, disgustado-. Y es que, efectivamente, a España, como había dicho hacía décadas un ínclito varón, ya no la conocía ni la madre que la parió. Por no funcionar, ya no funcionaban ni los seculares enchufes… Pensó, entonces, entristecido, que ÉL, en definitiva, no era nadie: no recibía –lo iteró- sobres; no había jugado a baloncesto en la vida; no se había casado con una Infanta; no era tertuliano de ninguna cadena; no era corrupto; no estaba imputado en causa alguna y su único parecido con Urdangarín era el que se producía cuando pronunciaba el adverbio "no", al eternizarse éste a causa de su tartamudez (¡Noooooooooooos!). ¿Sería gafe? Al cabo de cuarenta y ocho horas sabría que la respuesta a su pregunta era claramente afirmativa…

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ÉL llegó a la puerta de embarque dos minutos antes de que la cerraran. Nuevamente se había dormido. Las prisas habían empeorado su ya de por si patético aspecto personal: despeinado, con la ropa blanca puesta del revés, su barba desaseada y aquellas ojeras que le conferían un aspecto un tanto siniestro…

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El capitán recibió, finalmente, el "plácet" para despegar. Estaban en alerta. Se rumoreaba sobre la inminencia de un ataque terrorista a la ciudad de los rascacielos… "¡Paranoicos!" –se dijo antes de iniciar las primeras maniobras-. "¡Y mira que poner en mi avión a dos "polis" de paisano! ¡Paranoicos!" –continuó-.

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ÉL se dio cuenta de que el viaje comenzaba con buen pie. El azar había dispuesto que a su lado se sentara una de sus mejores y más entrañables amigas, una persona a la que estimaba enormemente. ELLA también se mostró feliz por tenerlo a su lado. "¡Me da pánico volar!" –le confesó-.

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Pero, ¿cómo demonios había podido suceder? ÉL... ¡Preso en Guantánamo! ¡Y por culpa de un simple pellizco!

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ELLA, durante el trayecto, se había asido con fuerza, aterrorizada, a su brazo. ÉL, por amistad, había aceptado con estoicismo el suplicio… "El aterrizaje es lo que verdaderamente me da pavor" –le había indicado-. Cuando estaban apunto de tomar tierra, unas turbulencias alteraron la plácida monotonía del vuelo. ELLA, asustada, pellizcó con fuerza el brazo de ÉL… ÉL, sorprendido, gritó un fuerte "¡Ai!" que, debido a su tartamudez, se prolongó excesivamente en el tiempo… Los testigos dijeron, horas después, que el sospechoso había pronunciado claramente el nombre de Alí, y de forma repetida. ELLA no pudo objetar nada porque su pánico había provocado un desmayo… Su barba, su escaso pelo beodo y aquella ropa blanca, ahora más musulmana que ibicenca, hicieron el resto… Los dos policías se abalanzaron sobre ÉL…

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Cómo les iba a explicar lo ocurrido, que todo se debía a un cúmulo de circunstancias adversas, a un simple pellizco…

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Cuentan que, en Guantánamo, ÉL sabe ya que, definitivamente, es gafe. Cuentan, igualmente, que recibe cartas de ELLA en las que lamenta lo sucedido y le manifiesta su deseo de poderlo ver próximamente… Cuentan que Él, entonces, repite incesantemente: "¡Pues, vale! Pero que no sea, chatina, en un avión!".