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La imagen del puente es la que tal vez representa mejor la encíclica "Lumen fidei" como texto extraordinario de enlace entre los pontificados de Benedicto XVI y de su sucesor Francisco; y en el mismo sentido es muy elocuente su primer encuentro público en el Vaticano. No es casualidad que el acontecimiento, igualmente fuera de lo ordinario, haya precedido en pocas horas la presentación del documento y después el anuncio de la histórica canonización de dos Papas, cristianos auténticos y ejemplares: Juan XXIII y Juan Pablo II. Pero sobre todo hay que subrayar un hecho: el encuentro se ha desarrollado con una naturalidad que expresa la fraternidad real visiblemente instaurada entre el obispo de Roma y su predecesor.

Es éste el contexto inmediato y profundo a tener en cuenta para leer y apreciar la encíclica. "Hemos tenido un ejemplo maravilloso de cómo es esta relación con Dios en la propia conciencia; un ejemplo reciente maravilloso. El Papa Benedicto XVI -dijo no casualmente al inicio de esta misma semana su sucesor- nos dio este gran ejemplo cuando el Señor le hizo entender, en la oración, cuál era el paso que debía dar. Con gran sentido de discernimiento y valor, siguió su conciencia, esto es, la voluntad de Dios que hablaba a su corazón. Y este ejemplo de nuestro padre nos hizo mucho bien a todos nosotros, como un ejemplo a seguir". Palabras no de mera cortesía, como tampoco lo han sido las que abrieron el primer encuentro de verdad público para recalcar al predecesor afecto, reconocimiento y gran alegría por una presencia tan discreta cuanto expresiva.

Así que, siendo la continuidad en la diversidad de las sucesiones en la cátedra romana el fondo del documento que lleva la fecha de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, su tema es esencial y decisivo, "la luz de la fe": lumen fidei, que recuerda lumen Christi que en la vigilia de Pascua rompe las tinieblas. Tras las encíclicas de Benedicto XVI sobre el amor (Deus caritas est) y sobre la esperanza (Spe salvi), ésta completa una larga meditación y se ofrece con sencilla humildad por su sucesor. El obispo de Roma llegado "casi del fin del mundo" ha hecho así proprio este "precioso trabajo" y lo ha personalizado, como texto tradicionalmente programático sobre el "gran don traído por Jesucristo", y publicándolo en el corazón de un período expresamente dedicado, por deseo de su predecesor, a la reflexión sobe la fe y a su celebración.

Inmediatamente se ha observado que otro "año de la fe" lo había querido Pablo VI poco después de la conclusión del Vaticano II y no por casualidad en la encíclica se cita una aguda anotación suya que respondía a las objeciones y murmullos que entonces circulaban: "Si el Concilio no trata expresamente de la fe, habla de ella en cada una de sus páginas, reconoce su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y fuerte, y construye sobre ella sus doctrinas". Y precisamente un eco del discurso conclusivo del Vaticano II se encuentra al inicio de la encíclica para describir la objeción respecto a la fe del "hombre adulto, ufano de su razón". Teniendo en cuenta estas dificultades, nutrida de la raíz del judaísmo y de la gran tradición de la Iglesia, la encíclica se ofrece así a quien quiera leerla para descubrir en la fe la "lámpara que guía nuestros pasos en la noche".