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En Occidente el tabaco se ignoró hasta el siglo XV; cuando la expedición capitaneada por Cristóbal Colón desembarcó en las Indias Occidentales en 1492, vio como muchos indios aspiraban el humo que producían las hojas de tabaco, sin entender por qué los nativos las regalaban en señal de amistad. Pronto los españoles empezaron a inhalar el humo del tabaco, ansiosos de experimentar sus cualidades estimulantes y analgésicas; y aunque sin llegar a comprender el motivo por el que los amerindios lo consideraban sagrado, fueron conociendo los efectos de la planta: como estimulante, inhibidor del hambre y de la sed y analgésico en dosis menores; productor de estados de conciencia alterados en dosis mayores. Desde entonces, y a medida que los europeos van entrando en contacto con los indígenas, empiezan a consumir tabaco, paralelamente a un proceso de aculturación donde los chamanes van perdiendo credibilidad, lo que facilita el tránsito al consumo generalizado del tabaco como droga aceptable de uso secular; así, a partir de comienzos del siglo XVIII, el tabaco pasa a ser una práctica profana muy común.

La primera vez que vi fumar tabaco de pota fue a En Mundo de Torre-Llisá, que con su estampa de senador irlandés sabía todo sobre el campo y me contó que en Menorca se cultiva la variedad de mata baja, de unos sesenta centímetros, de hojas muy pegajosas, grandes como las orejas de un burro y de color verde oscuro, con un olor agrio, inconfundiblemente intenso y muy fuerte -tan fuerte que llegó a decirse 'que fa gitar sa freixura', que hace vomitar el hígado- y alto contenido en nicotina, aproximadamente el doble que el tabaco de Virginia y entre diez y veinte veces superior a la de la nicotiana tabacum; su semilla germina en una o dos semanas, con luz. Hasta hace pocos años era muy común en los pueblos; el Archiduque Luís Salvador cuenta que en Ibiza se llegaban a recolectar unos quinientos quintales, o sea unos veinte mil kilos. De su introducción en la Isla y de su papel en la corrupción administrativa se da cuenta en la obra escrita por Fernando Ortíz, 'Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar': 'en 1560 ya se conocía el tabaco en Inglaterra, pero solo como panacea que encomiaban los médicos y herbolarios. Por esa época ya el tabaco se fumaba por los marineros de España, Portugal, Francia y Flandes, y antes de 1565 era habitual en toda la marinería de la carrera de Indias. Consta que antes de 1570 algunos de esos marineros fumaron públicamente en Londres. Por 1590 en Inglaterra ya no era raro el fumar, pero escaseaba el tabaco, tanto que los aficionados rurales acudieron a una planta llamada colsfoot, o casco de potro, para sustituir al tabaco. Todavía se fuma ese llamado 'tabac de pota' por los campesinos de la isla de Menorca, a donde lo llevaron los ingleses durante su dominación; y allí pudimos conocer su pestilencia, a veces nauseabunda. Cuando el último viaje de Drake y Hawkins a las Indias, en su entrada a Santo Domingo cargaron gran cantidad de tabaco para Inglaterra. Y la plata nicociana fue cargamento apreciadísimo de los contrabandistas que en Indias burlaban las leyes españolas de acuerdo con los gobernantes, vegueros y demás colonos'.

De su uso habitual entre la payesía nos hablan Vicente Blasco Ibáñez en 'Los Muertos Mandan': 'los viejos sacaban de la faja una pipa rústica fabricada por ellos mismos, llenándola de tabaco de pota cultivado en la isla, hierba de acre olor'; y Antoni Vidal Ferrando en 'La mano del jardinero', cuando describe a un personaje que 'con la excusa de no reconocer ni la sota de bastos, se sentaba a fumar tabaco de pota detrás de las mesas de juego. Desde aquella posición de privilegio sometía las manos de los jugadores al despiadado marcaje de las figuras de humo de su pipa: un buñuelo por el as de triunfos, dos por el tres…' El mismo autor resalta su importancia para el contrabando en 'Las lunas y los sapos', cuando describe a Jaume Fogoner, 'una especie de hombre bueno de los jefes contrabandistas. Como anteriormente Bassola, reclutaba las brigadas para ir a descargar género que los transbordadores acercaran hasta la costa, que solamente él conocía, y les pagaba después, según los pactos. Le fascinaban las tramas, la popularidad y el tabaco de pota'.

Como antiguamente, el tabac de pota se elabora dejando secar las hojas y uniéndolas formando un mazo en forma de gran cigarro puro, que se envuelve fuertemente y se deposita en tierra durante más de un año para que fermente favorecido por las inclemencias del tiempo.

En algún sitio he leído que en Mallorca las hojas se lían formando una especie de cigarro puro de casi un brazo de grueso, se envuelven bien en una larga tira de caucho y se ponen a macerar enterradas en estiércol de cabra. Otros lo hacen más sencillo: secan la hoja, la pican con un instrumento apropiado y guardan la picadura en un bote hermético de cristal sin necesidad de que fermente, pues su alto contenido de nicotina permite saborearla con la planta secada al veinte por ciento de humedad aproximadamente; cuanto más seca, más contenido en nicotina.

En un verano de tanto mosquito en la Isla como éste, el 'tabac de pota' es una planta muy interesante no solo para atraer a la fauna útil y elaborar preparados vegetales, sino también para eliminar de forma natural una gran cantidad de insectos dañinos; lo recuerda Ponç Pons en 'Flames escrites', su antología poética: 'Te envío un tabaco fuerte/ se llama tabaco de pota/ que siembran los payeses/ y ahuyenta los mosquitos'. Una planta que da un tabaco respecto al que coinciden tanto los que dicen haberlo probado una sola vez -con una sola vez ya tuve bastante; es solo para espíritus fuertes y hombres de pelo en pecho- como los que cuentan que no es tan fiero como lo pintan: ecológico, carente de aditivos y libre de impuestos. Testimonialmente en 'Ses Vinyes' plantamos 'tabac de pota', como manda la tradición.