Mahón, septiembre del 2000, en que tuve el placer de asistir a la romería de la Virgen de Gracia junto a mi nieta Judith, invitadas por Antoni "senyalet" (Fotografía J. Carreras. Archivo Margarita Caules)

TW
0

Me encanta escribir del ayer, me seduce el presente, lo actual. Admiro a la juventud y cuanto de nuevo se inventa. Soy s'àvia, algo de lo que me siento muy orgullosa, es el mayor título que cuelga en mi cocina. Pero ello no implica para nada que no me sepa actualizar, por el contrario, repito, admiro el progreso. No soy de las que van diciendo por ahí que ayer fue mejor. Siempre hubo de bueno y no tanto en todos los tiempos.

En este último sábado de agosto, cuando el aroma de la cal i s'oli de lli, sinónimo de las fiestas de Mahón, acuden a mí, he recordado que antaño, cuando se tenía luto, no podían celebrarse, no estaba bien visto, entre otras muchas cosas, como por ejemplo: Por regla general, en verano las casas abrían la puerta de la calle posaven un mac, perquè no es tanqués, o bien un gancho para disponerla algo abierta, haciendo que corriera el aire, las ventanas en pont y en los momentos de más sol se cerraban, era llegada la noche que se abrían de par en par, dando pie a que se refrescara. Si en aquel domicilio habían perdido algún familiar muy allegado, por calor que sufrieran, ni abrían las puertas ni las ventanas, tan siquiera las dejaban en pont. La última vez había sido para observar, a modo de despedida, la partida del cortejo fúnebre. Una vez dejaba de divisarse se cerraban los porticones, dejándose de abrir hasta pasado un tiempo, tres o seis meses.

En los años cincuenta esta costumbre fue decayendo.

Aquellos lutos rigurosos, prohibían infinidad de cosas, no podían sentarse al fresco, ni ir a pasear, ni ir a la peluquería o a la barbería, es dol era dol.

Las mujeres llevaban medias y manga larga, el tupido manto hasta la cintura y a partir de medio año, el velo ("no es d'anar a missa, no, es de dol"). Entre otras cosas, no podían ir al horno para cocer un perol, mucho menos cocas o las consabidas pastas. De haberlo hecho, las críticas haguessin arribat amunt.

Las mujeres, siempre las mujeres, pagaron el pato; los hombres pasaban el luto de manera diferente, muchos vistieron de negro de arriba hasta abajo, pero otros con tan solo coserles en el ojal de la solapa de la americana o cazadora un botón forrado de tela negra, ja està aclarit. También en la manga de la izquierda de su indumentaria se perfilaba una franja negra que no era otra cosa que una cinta de unos tres centímetros de ancho, y se acabó lo que se daba.

El ritual o protocolo que conllevaba la defunción de un allegado era de repicar talons.

Antes de continuar, dejar por sentado que una de las cosas primordiales, y se tenía muy en cuenta, notificarlo a la familia, parientes, amigos y vecinos.

Entregándose una lista al empleado de la funeraria, encargado de este requisito. De pasar de largo ante cualquier vecino sin decirle nada, el avisador, se daba por enterado esteien barallats.

Me atrevería a decir sin equivocarme que el último en pasar avisos fue Diego González.

Era todo un detalle considerado de buena educación, participando la hora del rezo del santo rosario, conocido por sa corona y la del entierro. El funeral se celebraba a la semana siguiente, dando tiempo a los más propios de poderse hacer ropa de luto. No disponíamos de las facilidades actuales.

Algo que ya no sucede, sin querer criticar a nadie, son pocos los que se visten de negro para asistir al funeral.

Otro detalle que muchos lamentan, es la carencia del domicilio. Me refiero que al insertar la esquela en la prensa no suelen ponerlo, algo primordial por si alguien desea mandarles una tarjeta de dol. Otro de los requisitos que se llevaban a cabo a la hora de escribir lo hacían en papel blanco ribeteado por una franja negra, lo mismo el sobre y las llamadas tarjetas de visita. Se cuidaban mucho los detalles.

También la iglesia tenía que ver con las tradiciones. En toda clase de actos. Las mujeres ocupaban la derecha y los varones la izquierda. Miraven molt prim.

En la cola mañanera de la tienda de comestibles de na Cadireta coixa, donde tantas cosas se recuerdan y otras tantas te transportan a un lejano Mahón, incluso en ocasiones se llega a pensar si verdaderamente han sucedido, es probable me rectifiquen. No sería extraño, incluso lógico, una no puede recordarlo todo y más si se tiene en cuenta que no dispongo de un guión o borrador, voy escribiendo al tun tun.

Les recomiendo, mis queridos lectores, rebusquen en la caja en que guardan las fotografías antiguas, repletas de imágenes de personajes que ni tan siquiera saben quienes son, por si disponen de alguna criatura con traje negro. A ellos también les correspondía tal requisito, incluso de meses, con su lazo en lo alto, más negro que el carbón. Por lo que respecta a esta servidora, no puedo demostrarlo no tengo fotografía alguna que avale mi veracidad, pero uno de los primeros vestidos fue azul marino en tono muy oscuro, en prueba de luto por la muerte de mi madre a los dos días de asomarme a este mundo.

Se podrían escribir muchas cosas más, entre ellas lo que representa en el mundo de los festejos, principalmente los protocolos más auténticos de la Isla, que todos sabemos se encuentran arraigados en mi querida Ciutadella , las consabidas fiestas de San Juan, celebrándolas al pie de la letra, de ahí que en el año 1945, mi tío materno, Antonio Ameller Pons, "l'amo de Son Tarí", dejara de asistir a sa qualcada por haber fallecido su hermana (mi madre), "al cel sien").

Las familias, para huir de jolgorios y de "trulls" de fiesta, acostumbraban salir por unos días del pueblo, o bien instalándose en fincas o casetas de alguna cala, las playas no estaban urbanizadas. Otras, las pasaban instalándose en blocaos de la costa, o alguna cueva, no eran precisas las comodidades actuales, con un jergón de paja para dormir les bastaba, a la mañana siguiente lo sacaban fuera dando espacio para pasar la jornada a la sombra. Los hombres iban a pescar, aprovechando las capturas para una caldera y algo para freír.

Se vivía sin tantas pretensiones, ni tantos complementos, y a la vez se respetaba a los allegados.

No voy a finalizar con costumbres y tradiciones lastimeras, mejor evocar las de Nadal, cuando nada enturbiaba la felicidad de las familias, lejos de penas, las que llevaban más trabajo las navideñas. Las mejores comidas, las recetas más elaboradas, el mejor calzado, es vestit nou, el montaje del belén, las reuniones familiares, la carta a los reyes, etc.

Recuerdo de muy pequeña, observar a cierto señor vestido con lujo, con un enorme solitario, que llevaba en el dedo anular, con una piedra roja. Sobre la pechera de una camisa blanca dos brillantes que hacían las veces de botones, todo ello con un brillo especial y molt polit . No me olvido de una gruesa cadena de oro, que anava de banda a banda, sujetando en uno de los extremos el reloj con tapadera, chocándome con la frecuencia que lo abría para ver la hora en que se encontraba, actitud que dejo al ver entrar por la puerta del café de mi tío Cabalcanti, en Baixamar, a una mujer con actitud discreta, muy bien vestida con su sombrero de fieltro, guantes de gamuza, a la que yo conocía muy bien por ser vecina. Esta anécdota podría entrar perfectamente entre las costumbres, no estaba bien visto que un señor, propietario de fincas, soltero y de cierta edad, compartiera su vida amorosa sin estar casado. Escondiéndose de todo y de todos como si hiciera algo malo. (Para escribir una novela).
–––
margarita.caules@gmail.com